La ley de la gravedad

NewtonsPrincipia

Andrew Dunn / Wikimedia

—Pues he inventado la gravedad.

—¿Eso no estaba ya inventado, señor Newton? ¿Cómo distinguimos las notas unas de otras, si no?

—No, no. Me refiero a la fuerza de la gravedad.

—¿Y para qué sirve esta fuerza, señor Newton?

—Empuja las cosas hacia abajo.

—Ah.

—Creo que no lo estás entendiendo. Acompáñame.

—Sí, señor Newton.

—Mira, en esta habitación tengo encendida la fuerza de la gravedad. Ahora tiraré esta naranja. ¿Lo ves? Se cae al suelo.

—Parece que le ha hecho daño. Al rebotar era como si intentara escaparse. No parecía agradable.

—No digas tonterías, que he arrojado una naranja, no un toro.

—¿Y esto de la gravedad para qué sirve?

—Hombre, pues para que no se desperdiguen las cosas. ¿Recuerdas el otro día cuando perdí las gafas? Tienen que estar ya por Saturno. Con este nuevo invento sabré dónde mirar: en el suelo.

—Pero se van a romper.

—Bueno, no siempre, no seas cenizo.

—¿Y la gente también se caerá?

—Solo los torpes.

—No sé, no lo veo claro.

—Prueba, prueba. Pasa dentro y me cuentas. Espera, espera, pon los pies abajo y agárrate a la silla.

—¡Uoh! ¡Esto es raro! ¿Cómo lo hago para moverme?

—Tienes que caminar.

—¿Cami qué?

—Mueve la pierna derecha hacia adelante. Muy bien. Y ahora la izquierda.

—Esto es muy raro.

—Hay que acostumbrarse. Pero solo es cuestión de práctica.

—¿Y si tenemos prisa?

—Pues lo mismo, pero más rápido. Lo llamo prisaminar.

—Sigo sin verle las ventajas a esto.

—Pues mira, de entrada podemos estar charlando sin tener que estar con una mano agarrándonos a una columna y con la otra sujetando la cerveza.

—Bueno, sí, pero esto es agotador.

—Hombre, pero deja de caminar.

—¡Me caeré!

—No, no. Mira, prueba a sentarte. No hacen falta ni sillas: en el suelo.

—¿Cómo me voy a sentar aquí? ¡Moriré aplastado por su estúpida gravedad, señor Newton!

—Mira, lo voy a hacer yo.

—¡Cuidado! ¡No!

—¿Lo ves? Ya está. Ahora tú.

—Ay… Pues sí. La verdad es que sentarse cuando hay gravedad no está mal del todo.

—Esto se lo voy a vender primero a los bares. Van a ser mucho más fáciles de limpiar: solo tendrán que fregar el suelo.

—Me sigue costando pensar que la gente vaya a pagar por esto.

—Todo el mundo querrá tener gravedad en su casa.

—No lo sé… Piense en los niños. ¿Es que nadie piensa en los niños?

—¿Qué les pasa?

—¡Se van a caer! No creo que puedan caminar al menos hasta que sus cuerpos se formen a los 22 o 23 años.

—Con agarrarlos bien basta.

—Aquí las cosas pesan mucho. Como para sostener a un adolescente.

—Lo que nos cuesta a los genios convencer al vulgo, ¿eh? Hay que ver, qué poco os gustan los avances.

—Esto no es un avance, señor. Esto es un peligro.

—Peligro es que no haya gravedad. La semana pasada me quedé dormido debajo de un manzano y desperté en Bristol.

—Pero con la gravedad se le habrían caído todas las manzanas encima mientras estaba dormido.

—No exageres…

—Hablando de caer. ¿No se caerá la Luna sobre la Tierra?

—La gravedad no es tan fuerte. La Luna está lejísimos: ¿no ves que apenas es un puntito blanco en el cielo, un poco más grande que cualquier otra estrella?

—Sigo sin verlo claro.

—Si todo el mundo se lo toma como tú, voy a tener que presionar al Parlamento para que la gravedad sea una ley.

—¿Una ley de la gravedad? Señor Newton, eso es ridículo. No puede hacerlo. Iría en contra de todas las libertades.

—Solo al principio, hasta que la gente la pruebe y se dé cuenta de las ventajas.

—Pero señor Newton…

—No sería en todas partes. Podríamos empezar con los parques.

—No puede obligar a la gente a caminar por un parque.

—No se escaparían tantos perros flotando.

—¡No, claro! ¡Se caerían y se matarían!

—¿Cómo se van a caer si no pueden ni siquiera comenzar a volar? Razona un poco, por favor. ¿Esto es lo que va a pasar a partir de ahora? ¿Voy a tener que responder a objeciones ridículas? ¡Todo el mundo tiene una opinión. O quince opiniones. ¡No me interesa saberlas! ¡No pienso hablar con nadie que no tenga conocimientos mínimos de física o de alquimia!

—¿Pero no se da cuenta de que…? No puedo ni hablar. Voy a salir… Estoy agotado.

—Te falta práctica, pero solo es cuestión de pasar unas pocas horas aquí cada día.

—No… No puedo…

—A mí me va muy bien para escribir. ¡La tinta se queda en el frasco!

—Me voy…

—Bueno, pues nada, vete. Pero que sepas que mañana voy a poner gravedad en toda la casa.

—Señor, por favor. No me haga esto. Que luego me toca a mí recogerlo todo.

—La decisión está tomada. Pensé que me apoyarías, la verdad, pero me da lo mismo. Esta es mi casa y se hace lo que yo digo. Si no promuevo mis propias invenciones, ¿cómo voy a convencer a los demás de que las usen?

—¿Es que la ciencia no conoce límites?

—Precisamente lo que hace la gravedad es poner límites. ¡El suelo!

—Señor, lo siento mucho, pero si pone gravedad en toda la casa, voy a tener que buscarme otro empleo.

—¡Me da lo mismo! ¡No te necesito para nada! ¡Exceptuando comer y vestirme y todas esas tonterías!

—Otro asunto, si me permite…

—Dime.

—Gravedad es un nombre malísimo. La gente va a pensar que habla de música.

—Pues por eso. La música es bonita. ¿Quién no quiere tener algo grave? No la voy a llamar fuerza de la agudeza. Aún creerán que les quiero clavar algo.

—Le ruego lo reconsidere.

—¿El nombre?

—Todo.

—Anda, sal ya de la habitación, que te va a dar algo.

—No puedo… No sé ponerme de pie.

—Arrástrate. Como si fueras una lagartija. Eso es. Muy bien. Ya casi está. ¿Lo ves? Todo ventajas. Pero muévete. De verdad, yo es que así no puedo. Siempre en contra del progreso. Así no vamos a ningún lado. Ni la humanidad ni tú: mueve los brazos. No, si aún tendré que cogerte en brazos. Pero haz fuerza. No, así no. Primero un brazo y luego el otro. Así, muy bien. Un poco más. Ya casi lo tienes.


Modelo de carta de baja voluntaria

typewriter-1726000_1920

NOMBRE DEL TRABAJADOR

DOMICILIO DEL TRABAJADOR

AL DEPARTAMENTO DE RRHH

D./Dª …………………………… con D.N.I. ……………………………, siendo aún trabajador de esta empresa, les comunico mediante el presente escrito mi voluntad de causar baja voluntaria, siendo mi último día de trabajo el …………………………….

Se trata de una decisión que tomo con el corazón en un puño y el alma encogida, pero a la que me veo forzado tras: (MARCAR EL MOTIVO APLICABLE)

  • Haber perdido una apuesta.

  • Haber sufrido un grave accidente que me ha causado un más que evidente daño cerebral.

  • Haberse descubierto que soy comunista.

  • Haber llegado a un acuerdo con la empresa después de que mis superiores me hayan descubierto robando / masturbándome / defendiendo el comunismo / pidiendo un aumento de sueldo.

  • Haberme dado cuenta de que no soy digno de trabajar aquí.

  • Otro motivo: (ESPECIFICAR)

De acuerdo con la normativa vigente y el Convenio Colectivo aplicable, realizo esta comunicación con 15 días de antelación. Les ruego que para el último día de prestación de servicios preparen la documentación relativa a la liquidación, así como el certificado de empresa. Yo traeré el rostro compungido y bañado en lágrimas, además de las ojeras que evidenciarán una mala noche por culpa de los remordimientos y por el temor a terminar como Alfredo Llorente.

No me quiero despedir sin antes aclarar que no hay más responsable de esta ruptura que yo mismo. Vaya donde vaya, jamás me encontraré con profesionales tan competentes como con los que me he cruzado en esta compañía, en especial el señor director general. Sé que mi marcha es un error y asumo que dentro de unos meses, tal vez semanas, me habré arrepentido de mi decisión.

¿Podré entonces volver arrastrándome y pidiendo clemencia? Es posible, ya que la magnanimidad de los directivos y accionistas de esta empresa es bien conocida, como demostró el caso de Alfredo Llorente, que pasó dos años fuera y volvió con el rabo entre las piernas, aceptando el mismo empleo con un recorte del 20 por ciento del sueldo. Así de desesperado estaba. Pero incluso aunque yo también regrese habiendo aprendido una importante lección de humildad, soy consciente de que siempre quedará algo de resquemor, de que nunca volverá a haber confianza plena y de que la culpa será mía, solo mía.

De todas formas y llegado el caso, quizás con mucho tiempo, mucho trabajo duro, muchas horas extra y la renuncia a días de vacaciones, es posible que todo acabe volviendo a cierto nivel de normalidad. Seis años más tarde, Alfredo Llorente cobra ya casi lo mismo que antes de irse y, lo que es aún mejor, el señor director general le ha devuelto el saludo, aunque sigue sin dirigirse a él por su nombre. “Eh, tú -le dice-, ¿qué tal todo? ¿Como va con Pedro, en ventas?”. Y luego añade, sin esperar respuesta y mientras prosigue su camino: “Bien, bien, me alegro”.

El señor director general sabe perfectamente en qué departamento trabaja Alfredo Llorente y que no está con Pedro, en ventas. Pero Alfredo Llorente tiene una lección muy importante que aprender: que no está bien traicionar a la gente que ha confiado en ti y que ha puesto en tus manos informes, clientes, el material de oficina y, en una ocasión, las llaves del armario del mueble bar del señor director general, para limpiar bien los vasos antes de una visita.

Este trato o, mejor dicho, este proceso de aprendizaje le está sirviendo a Alfredo Llorente para crecer como persona. Y quizás yo debería tomar nota: con la que está cayendo, ¿merece la pena dejar una empresa solo por dinero, olvidando las relaciones personales que he creado, despreciando el hecho de que, por ejemplo, cada diciembre se me ha invitado a una cena de Navidad con barra libre?

Desde luego, Alfredo Llorente es consciente de todo esto, como reconoció en el discurso que leyó, precisamente, durante la pasada cena de empresa y que, a pesar de los rumores, no había escrito el señor director general. Tampoco es cierto que Alfredo lo leyera bajo la amenaza de ser despedido. Y las lágrimas eran de alegría, como pudo apreciar cualquiera que sepa un poco de psicología y tenga algo de sentido común.

Me gustaría recordar la frase: “Si no tuviera dos hijos pequeños me liaba a tiros con todo el mundo, comenzando por el puto señor director general” y subrayar que no se trataba más que de una pequeña broma navideña que el señor director general recibió con carcajadas. He decidido dejar la empresa y no se puede dudar de mi sinceridad cuando digo que otra cosa no, pero sentido del humor, el señor director general tiene un rato.

Es más, aprovechando que no se puede desconfiar de mi buena fe, me gustaría insistir en que las críticas a la dirección de la compañía en lo que se refiere a este caso son tremendamente injustas. Por ejemplo, Alfredo Llorente dispone de despacho propio y eso nadie lo recuerda. Y no, no es un “armario”. Es un despacho en el que antes se guardaban paquetes de folios y en el que ahora, también, porque en algún sitio habrá que ponerlos. En todo caso, Alfredo Llorente tiene espacio de sobra para su silla y para una carpeta de cartón que usa a modo de mesa.

El hecho de que a partir de esa pequeña broma, Alfredo Llorente asumiera la tarea de llevar y recoger del tinte los trajes del señor director general no tiene nada que ver con dicha frase, sino que se trata de una nueva muestra de la confianza que la empresa está recobrando en quien se puede calificar de hijo pródigo, al asignarle cada vez más responsabilidades.

Y así es como también debemos juzgar otras funciones de Alfredo Llorente, como limpiar el coche del director general, sacar a pasear al perro del director general y acudir en nombre del señor director general a las reuniones de propietarios del parking. ¿Qué mejor prueba de que poco a poco Alfredo Llorente está recuperando la confianza de la empresa? ¿Qué mejor ejemplo que el de Alfredo Llorente para que me quede más o menos claro que dejar la compañía para buscar otras oportunidades supone un error para mi carrera profesional? ¿Qué mejor evidencia de que, eso sí, la empresa perdona y en caso necesario me recibirá con los brazos entrecerrados, incluso aunque no haya vacantes, con el único objetivo de susurrarme “te lo dije”, cada mañana hasta que me jubile, cuatro o cinco años más tarde de lo que debería porque se han perdido, entre comillas, unos papeles, pero que nadie se lo diga a Alfredo Llorente, que es una sorpresa que le tenemos preparada para dentro de poco más de veintitrés años?

Dicho lo cual, quiero expresar mi más sentido agradecimiento por estos años tan maravillosos, en los que he cobrado más de lo que debería porque, admitámoslo, no es solo que nadie esté a la altura de la empresa, sino que todos los empleados tendríamos que pagar por el privilegio de trabajar aquí, especialmente el de poder colaborar con el señor director general. Desde que comencé en esta empresa, el señor director general es mi modelo, la persona en la que me quiero convertir. No hay forma de expresar cuánto he aprendido de él.

Alfredo Llorente sí puede decir que ha aprendido que no te puedes fiar cuando te llaman de recursos humanos dos años más tarde y te hacen una oferta que parece tan buena que dejas tu trabajo sin firmar nada y te encuentras con que la oferta final que te hace el señor director general en persona no es la misma que te hizo la responsable de recursos humanos, quien cada vez que ve a Alfredo Llorente agacha la cabeza. Ya le ha explicado más de una decena de veces que ella no sabía nada y Alfredo Llorente la cree y le ha dicho también varias veces que no tiene nada que perdonarle, que no es su culpa, pero aun así a la pobre mujer le sabe todo fatal.

Quedo a su disposición para cualquier aclaración que necesiten.

LUGAR Y FECHA

Fdo. el trabajador

Fdo. La Empresa


¡Vegano!

 

—Hola, soy…

—¡Vegano!

—¿Qué?

—¡Eres vegano!

—¿Cómo? No, no.

—Cómo sois los veganos, todo el día que si soy vegano, que si no como carne, que si no como pescado, que si los animales sufren, que si el queso también.

—¿Pero de dónde saca eso?

—No comes carne.

—¿Qué dice?

—Porque eres vegano.

—Yo no soy vegano.

—No, qué va. Si se te nota. Que estás pálido. Que se te ve débil. Que te falta hierro. Que más que respirar, resollas. ¿Quieres un poco de pan, aunque sea? ¿El pan es vegano? No sé si os tienen que certificar que no lo miró un ternero con pena antes de comerlo.

—Oiga, que no.

—¿Que no eres vegano o que no os lo tienen que certificar?

—¡Que no soy vegano!

—Míralo, el vegano se enfada. ¿Y qué vas a hacer? ¿Pegarme? Qué bonito. Tratáis muy bien a los animales, pero no dudáis en hacer daño a las personas. Ese es el problema de los veganos: que no tenéis las prioridades claras. Si tuvierais que escoger entre vuestra madre y un atún, escogeríais al atún.

—Pero no diga tonterías.

—Si Dios no quisiera que comiéramos atún, no lo habría creado tan rico. En cambio, tu madre seguro que no sabe tan bien. Vamos, no creo, jamás la he probado. Dicho sea con el debido respeto.

—Que yo como de todo.

—Claro, todo lo que no venga de animales. Ni carne, ni huevos, la leche según. Lo de la leche es raro. ¿Solo la bebéis cuando os la da la vaca libremente? ¿En plan, “eh, me sobra esto, por si lo queréis”? ¿Es así o cómo va?

—No lo sé. Yo no soy vegano.

—¿No?

—No.

—Ah, perdona. Creí que eras vegano.

—Pues no lo soy. Llevo un buen rato intentando decírselo.

—¿Y qué eres? ¿Vegetariano? ¿Ovolácteovegetariano? ¿Flexigetariano?

—¿Pero qué dice? ¡No soy nada de eso!

—Como no comes carne.

—Sí como carne.

—¡Las setas no son carne!

—¡Como filetes!

—Sí, claro, de tofu.

—¡Que no!

—O chorizo vegano, que sabe a pipas.

—¡Jamás he probado el chorizo vegano!

—Pues las hamburguesas veganas, que son como de corn flakes.

—¡Que no!

—No saben a nada.

—¡No lo sé! ¡Jamás las he probado!

—Qué raro coméis los veganos. Con lo ricas que están las gambas.

—Me encantan las gambas.

—Pero no las comes. Porque eres vegano.

—¡Que no soy vegano!

—No comer gambas debería ser delito. Y no solo las gambas. Los langostinos. Las chirlas. El chorizo. Los pies de cerdo. El lomo. Los torreznos. Pero, claro, tú lo más parecido que comes a los torreznos son los Bocabits.

—¡No como Bocabits!

—¿Tampoco? ¿Los hacen con grasa animal o algo? ¿Le enseñan la bolsa a un cordero y te sabe mal?

—¡Que no soy vegano! ¡Que venía por otra cosa!

—Ya, pero en seguida aprovecháis para hablar de lo vuestro. Qué pesaícos sois. Le dices “hola” a un vegano y te contesta “soy vegano” sin darte ni los buenos días. ¡Pero déjame en paz! ¡Que a mí me da igual! ¡Como si lo único que comes son tus propias uñas!

—Casi mejor que vuelvo en otro momento.

—No, hombre, no. Ya que estás, acaba con el asunto. Cuéntame qué comes. Explícame lo mucho que sufren las gallinas cuando les robas un huevo.

—No venía por nada de eso.

—Pues seguro que es para otra cosa de los animales. La ropa o algo. ¿De qué es tu jersey? Seguro que no es de lana, porque preferís que la oveja se muera asfixiada antes que cortarle el pelo. Ya hay que ser maniático. ¿No te cortas tú el pelo? ¡Pues córtaselo a la oveja, que estará más cómoda! Venga, cuenta, que lo estás deseando, ¿de qué es tu jersey?

—¿Qué?

—¿De qué es tu jersey, vegano?

—¿Pero qué dice?

—¿De qué es tu jersey?

—¿Pero quiere dejar mi jersey en paz?

—¿De plástico?

—No.

—¿De hojas muertas?

—¡No!

—¿De pelo humano?

—¡Que no! ¡Es un jersey normal!

—¿De piel de bebé?

—Es de algodón, ¿vale? Y quizás tenga algo de poliéster, yo qué sé.

—Ay, vegano, que te da igual afeitar una planta, pero la oveja que se joda.

—¿Pero qué dice? Esa frase no tiene ningún sentido.

—¡Vegano!

—Oiga.

—¡Vegano!

—¿Quiere parar con eso?

—¡Ve-ga-no!

—Pero pare, por favor.

—¡Eres vegano!

—Pero…

—¡Vegano!

—Le pido por favor que…

—¡No comes animales!

—Mire, ya vale.

—¡Eres vegano!

—¡Oiga!

—¡Jajaja, coméis raro!

—¡Que le estoy diciendo que no soy vegano!

—¡Qué pesaíco, contándole a todo el mundo que eres vegano!

—¡Que no le cuento nada a nadie!

—Sí, ahora disimula. Os tengo pilladísimos a todos. Se os ve a la legua, que oléis a rúcula.

—Yo no huelo a eso.

—Que sí, hombre, que es un olor como a corcho húmedo.

—Que yo huelo a champú. Que me he duchado hace nada.

—Champú vegano, de este que se hace con gelatina de cadáveres humanos, pero sin hacer daño a ningún animal. Lo probé una vez, no hace espuma ni nada. Se te queda la piel así como tirante. En cambio, el mío normal es una maravilla. Toca, toca… Es muy suave. Toca, toca…

—Preferiría no hacerlo.

—Toca, anda, no te cortes.

—Que no.

—Toca, te digo.

—No me parece buena idea.

—Que no vas a matar a ninguna pulga, joder.

—Preferiría no tocar…

—¡Que toques! Hostia ya, con las manías de los putos veganos.

—Que no soy vegano, le digo.

—Pues toca, joder.

—¡Es que eso es su pene!

—Pues toca el brazo, ostias, hay que ver que asquerosillos sois los veganos. No coméis carne, no tocáis penes… ¡No hacéis nada! Seguro que ni barres, no sea que te lleves a una hormiga.

—¡Que no soy vegano!

—¿Cómo?

—Que no soy vegano. Que vengo por otra cosa.

—¿No eres vegano?

—¡No!

—¿En serio?

—¡Que no!

—¿Comes carne?

—¡Sí!

—¿Y pescado?

—Sí.

—¿Y leche?

—¡Que sí!

—¿Y huevos?

—También.

—¿Seguro que no eres vegano?
—Segurísimo.

—¿Ni un poco?

—¡No soy vegano! ¡Como carne! ¡Y pescado! ¡Y barro!

—¿Comes barro?

—No, que paso la escoba. Y la aspiradora. Y el mocho. Lo que haga falta.

—¿Entonces no eres vegano?

—¡Que no!¡Joder! ¡Que no sé cómo decirlo!

—Bueno, vale, pero no te enfades.

—Es que ya cansa el tema.

—Yo qué sé, haberlo dicho antes.

—Llevo diciéndolo desde que he llegado.

—Que no soy adivino.

—Ya, bueno.

—Cómo iba a saberlo.

—Ya, ya…

—Si no me lo dices…

—Sí, bueno.

—Yo no sé leer mentes.

—Sí, ya…

—Será porque como carne y eso no me deja pensar. La grasa animal me tiene taponadas las arterias que llevan sangre al cerebro. A ti seguro que no te pasa, vegano.

—Que no soy…

—Tienes todo muy suelto, las arterias y lo que no son las arterias, que debes ir al baño como cinco veces al día.

—¡Pero bueno!

—Eso no puede ser bueno. Todo el día con diarrea.

—¿Pero qué dice?

—Supongo que tendrás que comer mucho arroz para compensar.

—¡No lo sé! ¡No soy vegano!

—¿Entonces qué eres? ¿Celiaco? ¿Intolerante a la lactosa? ¿No te gusta el pescado, a excepción del salmón? ¿Abstemio? ¿Solo comes alimentos orgánicos? ¿No tomas azúcar procesado? ¿Solo compras productos de proximidad? ¿No comes nada que tenga almidón de maíz? ¿No compras nada que contenga la letra E en sus ingredientes? ¿No cocinas nada que no hayas cultivado, criado o matado con tus propias manos?

—¡No!

—Entonces eres vegano.

—¡Que no soy vegano! ¡Vengo del gas!

—¿Del gas? ¿Eres etéreo? ¿No comes nada que dé sombra?

—¡De la compañía del gas!

—¿Pero qué compañía puede dar el gas? Si no habla.

—¡De la empresa suministradora del gas! ¡Vengo a tomar nota de la lectura del contador!

—¿El contador?

—El contador del gas.

—¿El contador del gas?

—Sí, el contador del gas.

—Eso no tiene ningún sentido. ¿Cómo vas a contar el gas, si es un gas? ¿Qué cuenta un contador del gas? Pondrá “uno”. Un gas.

—El consumo del gas. La cantidad de gas que se ha consumido en este piso.

—Yo no consumo gas. Me moriría. Bueno, espera, ¿el oxígeno cuenta? ¿El oxígeno es un gas? Tú deberías saber esas cosas, que los veganos estáis muy informados.

—Sí, el oxígeno es un gas.

—¿Ves? Eso hay que reconocerlo. Si quieres saber si el oxígeno es un gas, pregúntale a un vegano, que él lo sabrá seguro.

—Yo no soy vegano.

—Qué listos sois los veganos.

—Pero que yo no soy vegano.

—Mucho sabes tú de gases para no ser vegano.

—Yo me refiero al gas que usa para cocinar.

—Huy no, yo cocino con fuego. Le doy a esas ruedecitas y sale una llama azul. Claro, tú como eres vegano y solo comes plátanos no sabes cómo funciona esto. Aquí me hago cosas como huevos, pollo a la plancha, salchichas.

—También me refiero al gas que sirve para calentar el agua.

—¡Qué tontería! El agua caliente sale cuando pongo el grifo hacia lo rojo. No sale ningún gas, ni nada parecido. Es todo mecánico. ¿Tampoco os ducháis con agua caliente? ¿El agua se calienta quemando tejones vivos? ¿Es por eso? No lo sabía. Qué curioso. Creo que mis duchas son más importantes que el bienestar de los tejones. Los tejones transmiten enfermedades, como la gripe del tejón. Pero eso a los veganos os da igual. Preferís que muramos todos, ya sea por la gripe del tejón o de frío.

—Oiga, que yo no soy vegano.

—¡Vegano! ¡Jajaja! ¡Que no te duchas!

—¿Me deja ver el contador, por favor?

—¡Que te comes la comida de mi comida!

—Deje de decir eso.

—¿No te da pena que las vacas que me como pasen hambre? ¡Pues no te comas su hierba! ¡O lo uno o lo otro!

—¡No soy vegano!

—Me llegan los filetes cada día más tristes al plato. Como te pille una vaca, te da dos hostias, por ladrón.

—¡Que yo no como hierba!

—Piensa que por la propiedad transitiva, si te comes una vaca, también te estás comiendo la hierba que se ha comido, por lo que el filete, en cierto modo, es verdura.

—¿Me quiere hacer caso?

—¡No! ¡Yo no voy a dejar de comer carne! No me malinterpretes, todo mi respeto para las decisiones ajenas. Por mí, como si te quieres limitar a lamer sal. Pero donde se ponga un buen chuletón, que se quiten esas bolsitas de hierbas para la ensalada que venden en el súper. Eso no puede ser sano.

—Que yo como normal, le digo.

—Hombre, a ver, lo de ser vegano muy normal no es.

—¡Que no soy vegano!

—En el Paleolítico comían de todo y estaban sanísimos.

—Haga el favor de dejarme hacer mi trabajo.

—No tenían ni caries. Eso lo leí el otro día. También había menos cáncer y menos miopía. Luego te pisaba un mamut y te morías, pero hasta entonces disfrutabas más. Todo el día en bolas, tirado por el monte, comiendo chuletones de hipopótamo.

—Miro el contador y me voy. Solo necesito diez segundos.

—No podían andarse con tonterías e ir a la farmacia a comprar suplementos de vitamina B12 porque les daba pena darle un garrotazo a ciervo. Tenían que comer de todo: ñús, mamuts, neandertales, diplodocus… Lo que hubiera.

—Le digo que yo como de todo.

—Ya, menos carne, leche, huevos, chocolate con leche…

—Yo como chocolate. Mire, llevo un Twix en el bolsillo.

—Lo principal es el respeto y yo respeto a todo el mundo, pero si mi religión me prohibiera comer chocolate, yo preferiría ir al infierno.

—El veganismo no es una religión.

—¿Cómo que no, si acaba en ismo?

—Ni siquiera sé si veganismo es una palabra correcta.

—Tú sabrás, que eres el vegano.

—No soy vegano.

—Pues para no ser vegano, llevas aquí un buen rato hablando del tema. Cómo sois los veganos, siempre hablando de lo que coméis y de lo que no coméis. ¡Que a mí me da igual! ¡Que hagáis lo que os dé la gana! ¡Pero no deis la tabarra!

—¡Yo no doy la tabarra!

—¡Vegano! ¡Jajaja…! ¡Déjame en paz, pesado!

—Pero si es usted el que no calla.

—No, no. Siempre con la misma excusa. Que si los demás preguntamos. Que si además hacemos preguntas muy idiotas. No, mira, tú has llegado aquí y todo el rato de cháchara. Que si coméis chocolate, que si no es una religión. ¡Y a mí que más me da! ¡No me cuentes tu vida! ¡Ni siquiera sé qué haces aquí!

—¡Que no soy vegano! ¡Que vengo del gas!

—No, mira, eso ya no. Venimos del mono. Eso es un dato científicamente demostrado. Ahora no me vengas con tonterías. De hecho, mi bisabuelo aún era un mono. Es que en mi familia somos muy lentos para hacer las cosas. Nos lo tomamos todo con mucha calma. Mira, ¿ves esa lámpara? Tengo la bombilla fundida desde febrero. El tema es que me he acostumbrado a tenerla así y nunca me acuerdo de apuntar en la lista de la compra que necesito una  nueva. Y es un incordio, ojo, porque al final enciendo la luz del techo y es demasiado luz para mí porque tengo fotofobia, que es un miedo irracional a los veganos, como tú, jajaja. No, es broma. Me molesta la luz. Pero te estaba contando lo de mi bisabuelo.

—Oiga, le juro yo solo venía a mirar el contador del gas.

—Mi bisabuelo ya estaba casado y todo. Si no recuerdo mal la historia, mi bisabuela estaba embarazada. No de mi abuelo, sino de su hermana mayor, mi tía abuela Remedios, en Paz descanse. Paz, municipio de Madrid, que es donde vivía. Y donde la enterramos en 1997. Cómo gritaba, la jodida.

—Por favor, tengo que apuntar las lecturas de todos los contadores de la calle.

—¡Dejadme salir! ¡Que no estoy muerta! Tía Remedios, contestábamos, deje de darle golpes al ataúd, que está asustando a los niños. Que no estoy muerta, decía. Anda que no era cabezona. Cuando se emperraba en algo, insistía y no paraba. No se calló hasta que la incineramos.

—Puedo volver otro día.

—Total, que mi bisabuela le dijo a mi bisabuelo: “Mira, Abundio, creo que ha llegado el momento de que tú también evoluciones. Estamos esperando un hijo o, Dios no lo quiera, una hija, y creo que es mejor que su padre, que eres tú, el futuro bisabuelo de Roberto, aunque esto aún no lo sabían porque yo no había nacido, sea un hombre hecho y derecho, y no un mono. Así, cuando vayas a misa, te darán una hostia de las consagradas, y no como ahora, que te arrojan un trozo de pan cuando lo pides golpeándote la palma de la mano”.

—Le dejo este papel con el teléfono, por si prefiere llamar y dar la lectura usted mismo.

—Mi bisabuelo no quería. Principalmente porque estaba muy gracioso con sombrero. Creo que tengo una foto por aquí… Dónde estará… Aquí, mírala. Era graciosísimo. Trabajaba en Correos. No sé si has ido a Correos últimamente. Han progresado mucho: ya están en 1962. Te dan turno, te venden sellos, no puedes pagar con tarjeta de crédito. En la época de mi bisabuelo no era raro que un mono trabajara allí.

—Me parece una historia fascinante, pero no tengo tiempo, de verdad.

—También estaba el tema de que se llevaba mal con su suegro. El padre de mi bisabuela era algo racista y no le veía con buenos ojos porque era un mono, aunque el empleo fijo en Correos jugaba a su favor. “¡Eso es especismo!”, gritaba mi bisabuelo cada vez que salía el tema en una comida familiar. Luego se cagaba en su propia mano y tiraba trozos de mierda a todos los familiares, hasta que mi bisabuela le sacaba a rastras de la habitación y le tranquilizaba golpeándole con un periódico enrollado.

—Por favor…

—Cuando digo “un periódico enrollado” me refiero a que se le daba forma de cilindro, no a que fuera un periódico marchoso y divertido. Lo aclaro porque este punto ha creado confusión en ocasiones anteriores.

—Tengo que coger un autobús.

—Pero a pesar de todo, mi bisabuelo sabía que no podía quedarse atrás. Un número infinito de monos tecleando infinitas máquinas de escribir pueden componer las obras completas de Shakespeare, pero es mucho más fácil ir a la biblioteca y pedir prestado el libro, cosa que mi bisabuelo no podía hacer, al ser un mono. Sí, los tiempos han cambiado y hoy los monos pueden ir a casi cualquier parte, siempre que lleven pantalones, pero en la época de mi bisabuelo la sociedad era más estrecha de miras porque todos tenían los ojos más juntos. Por eso había tantos accidentes de tráfico. Pero me desvío del tema.

—Le ruego que me deje marcharme…

—Así pues, mi bisabuelo accedió a los más que sensatos deseos de mi bisabuela y evolucionó. Lo hizo en una sola noche, del tirón. Fue una velada movidita. A las cuatro de la mañana, mi bisabuelo inventó la rueda, solo te digo eso. No quería creer que ya estaba inventada, por mucho que se lo dijeran. Supongo que de ahí le vino la cabezonería a mi tía Remedios. De todas formas, hay que decir que la suya tenía forma de pentágono, por lo que imagino que, técnicamente, inventó la rueda pentagonal. Aún la usan las motos de Correos para los envíos urgentes.

—Hablando de urgencia, tengo muchísima prisa.

—Como evolucionó en muy poco tiempo, no le salió del todo bien. Acabó con tres brazos y con la espalda cubierta de cuernos.

—Por favor.

—Pero al menos siguió siendo omnívoro, como todos los humanos. Y no como tú, vegano, que no comes nada que tenga madre. No te gusta la carne. Ni el pescado. Solo comes brotes y bayas. Eso es antinatura. Tienes a la evolución en tu contra. Estás insultando a mi abuelo con tu veganismo.

—No soy vegano, se lo juro por mi madre.

—¿No eres vegano?

—No, no soy vegano.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Si ahora te saco un bocadillo de salchichón, ¿te lo comerías?

—No me gusta el salchichón.

—¿Lo ves? Eres vegano.

—Que no, que me gusta todo el embutido menos el salchichón.

—Espera, ¿es posible que seas vegano y no lo sepas? Es decir, ¿que casualmente lleves una dieta vegana y que hasta este preciso instante no te hayas dado cuenta de que no comías ningún producto animal?

—No es eso, de verdad.

—Hay gente con lesiones cerebrales que no ve la parte izquierda de su cuerpo. No me refiero a que no la vea en su campo visual, sino que para su cerebro es como si no existiera. No se peinan el lado izquierdo de la cabeza, por ejemplo. O el derecho, el que sea. Ni se ponen los dos zapatos. Ni se cortan las uñas de una de las dos manos. ¿Es posible que te pase lo mismo, pero con la carne? ¿Que seas tan vegano que ni siquiera seas consciente de la existencia de los productos animales?

—Le juro que lo único que pasa es que no me gusta el salchichón.

—Bueno, sí, es otra hipótesis, pero no me acaba de convencer.

—Si me saca algo de jamón, me lo como.

—Nos ha jodido. Pues claro, y yo también. Míralo, es vegano, pero no es tonto. ¿Te saco también algo de caviar? ¿Solomillo de buey? ¿Un par de langostas? ¿Unas tostas con foie-gras? ¿Media docena de ostras? ¿Pato a la naranja? ¿Faisán con mermelada de frambuesa? ¿Fugu? ¿Sopa de nido de golondrina?

—¿Sí? No sé qué decirle ya para que me deje mirar el contador. O irme. ¿Me puedo ir?

—Ahora te da vergüenza. Como te he pillado… Si es que no se me escapa ningún vegano. Se os nota a la legua. Camináis lentos, sin apenas poder respirar, parándoos a descansar cada dos minutos. No tenéis fuerza, ni vida. Sois muy bajitos. Claro, os falta hierro.

—Soy más alto que usted.

—Eso es porque en mi familia lo dejamos todo para el final, como te he explicado hace un rato. Ya creceré cuando tenga tiempo.

—No sé ni por qué discuto con usted. No soy vegano.

—Esto es una cosa de sectas, ¿no?

—¿Cómo?

—O sea, que seguro que hay un grupo de veganos, el tuyo que, yo qué sé, no come setas porque en realidad no son plantas, y os hacéis llamar de otra forma. Honganos. Setarios. Rovellonenses.

—No, ¿qué dice?

—Veganos extremos.

—¡No!

—Seteros.

—¡Que no!

—Bueno, ¿pues cómo os llamáis?

—De ninguna forma. ¡No soy vegano y punto!

—¿Eres tan vegano que no tienes ni nombre? Ah, ya lo entiendo. Es porque el hecho de tener etiqueta hace que socialmente se os vea como la excepción, lo que se aparta de la norma, cuando en vuestra opinión deberíais ser lo convencional, la opción por defecto. Por tanto, son los demás quienes deberían llevar la etiqueta. Vosotros sois los, digamos, “normales” y los demás somos carnívoros, omnívoros, carnacas… No sé, el término que uséis.

—¡No es eso!

—¿No?

—¡No lo sé! ¡A lo mejor sí! ¡No soy vegano!

—Oye, lo de las setas iba en serio. No son plantas ni animales. Los hongos son otro orden diferente a la fauna y a la flora.

—¿Y a mí qué me importa?

—Hombre, como vegano te debería importar. Entiendo el argumento de que las plantas no tienen sistema nervioso central y por lo tanto no sufren, aunque me parece una excusa para poder comer algo que dé sombra. Pero ¿estás seguro de que los níscalos no sienten nada cuando los cortas con tu cuchillo y los metes en la cesta?

—Yo no hago eso.

—Ah, ¿entonces eres de los que solo come los frutos que caen al suelo?
—No, yo no voy a buscar setas. Las compro en el súper.

—¿Vas al súper?

—Claro que voy al súper. ¿Dónde iba a comprar comida, si no?

—Yo qué sé, no conocía a ningún vegano personalmente hasta ahora. Me rodeo de gente sana. Por cierto, ¿pasas cerca del pescado y de la carne o das un rodeo para no verlo? Porque imagino que te dará pena, ¿no?

—No, no me da pena.

—Ahora que pienso: una amiga mía no come nada de carne ni pescado. Pero no porque quiera evitar sufrimiento animal, sino porque los animales le dan asco. Ve un trozo de carne y se imagina al cerdo maloliente, babeando, gruñendo… Y se le pasa toda el hambre. ¿Eso cuenta como dieta vegetariana, o vegana, o lo que sea? ¿O solo admitís a los veganos de buen corazón?

—No soy vegano. Ya no sé cómo decirle esto, pero no soy vegano.

—O setero o lo que sea. Mi amiga sí come queso, por ejemplo. Así que vegana, lo que se dice vegana, no es.

—¿Si le digo que soy vegano, me dejará en paz?

—Pero déjame en paz tú, que estás todo el rato con tus cosas veganas. No sé ni quién eres.

—Soy el del gas.

—Hombre, no me extraña, con tanta verdura, jajaja…

—El de la compañía del gas.

—Me encantan los chistes de pedos. ¡Vegano! ¡Comes mucho brócoli!

—¡No soy vegano! ¡Y no me gusta el brócoli!

—¡Vegano! ¡Jajajaja…! ¿Comes brazo de gitano? Jajaja… Perdona, es que llevo aguantándome esta gracieta desde que me has dicho que eres vegano y ya no me aguantaba más. Tenía que soltarla, que si no se hace costra.

—Que no soy vegano, le digo. Que vengo a tomar nota de la lectura del contador.

—Los veganos os creéis mejores que los demás porque no coméis cordero lechal, pero te voy a decir una cosa: Hitler era vegetariano.

—Me importa un bledo.

—Claro. Imagino que para un vegano, no hay diferencia entre Hitler y cualquier otro vegetariano. Cualquier tipo que haga daño a un animal de cualquier forma es un criminal. Incluso si solo hablamos de mirarlos mal, en plan, ese animal no me acaba de caer bien.

—Mire, me voy.

—¿Te enfadas porque hay animales que me caen mal?

—No, no, es que me tengo que ir.

—¿Y por qué me tiene que caer bien el perro de los vecinos de arriba? Se pasa todo el día ladrando.

—Me da igual, en serio.

—No, venga, no te enfades.

—Que no, que me voy.

—Venga, que era broma.

—Suélteme el brazo.

—Si el perro es buena gente. La culpa es de los dueños, que lo tienen mimado.

—Que me da igual.

—No te volveré a llamar Hitler, de verdad.

—Que me deje.

—¿Quieres una manzana? Te invito a manzana.

—¡No quiero nada!

—Venga, te dejo mirar el contable del gas.

—¡El contador!

—Lo que sea. Pero no te enfades.

—¿De verdad puedo anotar la lectura del gas?

—Que sí, tonto.

—¿Y no seguirá con lo de los veganos?

—Que no. En serio. Ya paro.

—¿Y luego me dejará irme tranquilo?

—Sí.

—¿De verdad?

—Que sí.

—No le creo.

—Te lo juro.

—¿Seguro?

—Que sí.

—De acuerdo. ¿Dónde está el contador?

—No sé, yo creo que no tengo de eso.

—¿Me deja ver si está en la cocina o en el lavadero?

—Adelante.

—Aquí está.

—Anda, nunca me había fijado.

—Pues ya está todo.

—Qué bambas más chulas.

—¿Eh?

—Las zapatillas.

—Ah. Bueno, como me paso el día caminando, me pillé unas cómodas.

—Tú eres un runner de esos, ¿no?

—¿Qué? No, no…

—Sí, hombre, tú sales a correr.

—Que no.

—Eres de los que pone en Facebook los kilómetros que ha corrido cada día.

—No, no. Ni siquiera estoy apuntado a un gimnasio.

—Porque sales a correr.

—¡Que no! ¡Que no hago deporte!

—Qué pesados sois los runners. No sé de quién huís. ¿De la policía?

—Que no soy runner. No empecemos.

—El otro día fui al parque y creía que había un incendio. Todo el mundo corriendo como un loco.

—¡Basta!

—¿Eh?

—No volvamos a empezar.

—¿Con qué?

—Con los veganos y los runners o lo que sea.

—Pero si solo es por dar algo de conversación.

—Ni conversación ni nada.

—¿Te has enfadado otra vez?

—Sí, claro que me he enfadado.

—¿Entonces no vamos a follar?

—¡No, claro que no!

—¿Pero por qué?
—¡Porque no sabes jugar a esto!

—¿He hecho lo que me pediste!

—No, mira, así no es. Yo digo que vengo del gas y tú me dices algo así como: “¿Quieres ver algo mejor que el contador?”.

—Habérmelo dicho.

—¡Pensaba que era bastante evidente!

—No sé, yo…

—Joder con que si soy vegano, ya.

—Pero…

—Le has quitado todo el morbo al asunto.

—Yo es que sigo sin pillarle la gracia.

—La tendría si no te hubieras empeñado en hablar de veganos.

—¡Yo que sé! ¡Te dije que no servía para esto!

—Mira, que me dejes en paz un rato.

—Deberías comer más carne.

—¿Eh?

—Que deberías comer más carne.

—¿Cómo?

—La dieta vegana te pone de muy mal humor.

—¡Para ya con eso! ¡No soy vegano!

—¡Y yo que sé! ¡Tampoco trabajas para la compañía del gas! ¡Este juego es muy confuso!

—¿Y lo de los runners a qué venía?

—Esas bambas son nuevas, ¿no?

—¿Pero qué…?

—No sé, tenía curiosidad.

—¡Me voy a duchar!

—¿Sabías que el agua se calienta con gas?

—¡Necesito un poco de silencio!

—¿Crees que será por la actividad volcánica del subsuelo?

—¡No!

—¡Espera un momento!

—¿Ahora qué pasa?

—¡Yo a ti no te conozco de nada!

—¿Eh?

—¡Tú no eres mi pareja! ¡Yo no tengo pareja!

—¿No?

—¡Tú eres el del gas!

—Hostias, es verdad.

—¡Pero bueno!

—Joder, que me he liado. Perdona.

—No pasa nada.

—Ya decía yo que esta casa no me sonaba.

—No pasa nada, en serio.

—Mira, me iba a duchar en este armario.

—Ya, ya. Por eso me he dado cuenta.

—Qué lío.

—Bueno, todo el mundo se equivoca.

—Claro, tanto marearme con lo de que soy vegano.

—Y no comer carne no te ha ayudado. Seguro que tienes la sangre menos espesa y el corazón bombea con menos fuerza. No te debe llegar más que agua sucia al cerebro.

—No lo descarto. Es decir, creía que no soy vegano, pero si me he equivocado de casa y he olvidado mi profesión, creyendo que todo era un juego erótico festivo, ¿no es también posible que desconozca cuál es mi dieta?

—Además, tienes síntomas de ser vegano.

—Yo ya no sé nada.

—¿Quieres un trozo de fuet, para comprobarlo?

—No lo sé, la verdad. Tengo miedo. ¿Y si soy vegano?

—No te preocupes, eso se cura.

—No, no. Me refiero a que si soy vegano a lo mejor rompo una racha de años sin comer carne.

—Es posible.

—No sé si debo arriesgarme.

—¿Entonces qué vas a hacer?

—Creo que no voy a comer nada de carne hasta que esté seguro.

—¿Ni pescado?

—Ni pescado.

—¿Ni ningún producto de origen animal?

—Ni ningún producto de origen animal.

—¿Sabes qué significa eso?

—No, la verdad.

—Pues que técnicamente eres vegano.

—Supongo que sí.

—Por lo que entonces eres un pesado que no deja de hablar de lo que come.

—Creo que eso no es necesariamente así.

—Y que tenía razón todo el rato.

—No lo sabemos.

—Seguro que también eres runner.

—No, eso no. Me acordaría.

—Esas bambas son muy de profesional.

—Qué va, son del Decathlon. 20 euros, me costaron.

—Sí, seguro.

—Que sí.

—Serías las primeras que te compraste. Seguro que ahora tienes unas de estas que hacen a mano.

—No, no.

—¿Eres pronador o supinador?

—Pronador.

—¡Jajaja! ¿Lo ves?

—Mierda.

—¡Eres un runner!

—Joder, qué putada.

—¡Seguro que no aguantas nada! ¿Cómo te atreves a salir a correr, si no comes carne?

—¿Y ahora qué hago?

—Ahora te vas de mi casa.

—¡Pero no me deje así! ¡Necesito ayuda!

—Sí, bueno, pero en otro lado. A mí no me des la tabarra.

—¡Por favor! ¿Y si también soy celiaco? O peor, ¿y si puedo digerir la lactosa sin problema, pero solo consumo productos sin lactosa porque creo que me sientan mejor?

—A mí no me cuentes tu vida, que ya me has hecho perder toda la mañana hablando de lo poco que te gusta el sushi, so vegano.

—¡No me empuje!

—Que te largues.

—¡Me ha destrozado la vida! ¡Yo era un feliz empleado de la compañía del gas y ahora tengo que correr diez kilómetros al día y contárselo a todo el mundo!

—A mí no.

—¿Le puedo agregar a Facebook?

—Ni hablar.

—¿Sabía que los corderos sufren mucho porque… se los comen? O algo así, no estoy seguro de si es un tema que me preocupa o no.

—Ya, ya…

—A lo mejor no soy vegano. No tengo los conceptos nada claros.

—Sí, bueno, felicidades.

—¡No cierre, por favor!

—Adiós, buenas tardes.

—¡No!

—…

—Por favor.

—…

—No quiero apuntarme a ninguna maratón. Eso tiene que cansar mucho.

—…

—¡Ayúdeme!

—…

—¿Y si me ha dado por los triatlones?

—…

—¡Los cochinillos son bebés de cerdo!

—…

—Por cierto, usted llevaba seis meses sin dar la lectura del contador.

—…

—Hemos estado cobrándole la estimación, que era muy a la baja

—…

—Le va a venir una factura de unos 500 euros.

—…

—Si comiera ensalada, no consumiría tanto gas.

—…

—Hitler comía queso. Y salchichas.

—…

—Stalin comía carne y mató a más gente.

—…

—Pol Pot también comía carne.

—…

—Creo.

—…

—La verdad es que no tengo ni idea.


La oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos

Ni siquiera era consciente de haber perdido mi agenda hasta que me llegó aquel correo electrónico. El mensaje decía que podía pasar a recogerla a la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos, cuya existencia desconocía hasta entonces. Esa oficina estaba en el segundo semisótano, solo una planta por debajo de donde yo trabajaba, que era la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.

Bajé enseguida, movido más por la curiosidad que por recuperar una agenda que no usaba desde la segunda semana de febrero. Tardé un poco en encontrar la puerta, a pesar de que el cartel era lo suficientemente grande como para que cupieran aquellas diecisiete palabras. Estaba entreabierta, así que asomé la cabeza y saludé.

—Pasa, pasa. Jaime, ¿verdad?

Me recibió una señora de unos cincuenta años, delgada, con el pelo gris y con gafas de bibliotecaria.

—Ten — me dijo, tendiéndome la agenda — . Y firma aquí, por favor.

—No sabía que existiera una oficina de objetos perdidos con los objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.

—Claro que existe. Desde siempre.

Su tono de voz mostraba cierta indignación, pero era comprensible. Yo mismo trabajaba en la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos, intentando devolver a los empleados de la Oficina de objetos perdidos los objetos ellos mismos habían perdido. Era normal que también existiera una oficina para devolverme a mí los objetos que yo extraviaba. Hasta entonces nadie me había llamado para recoger ninguno, pero apenas llevaba unos meses trabajando allí. No había tenido tiempo de ir perdiendo cosas.

—Entonces, ¿hay también una Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos?

Me miró como si hubiese dicho una tontería.

—A mí no se me van perdiendo las cosas. Tengo un poco de cuidado.

—¿Quieres decir que se acaba aquí? ¿Este es el último nivel?

—Supongo…

—Podríamos probar…

—¿Cómo?

—Sí, pongamos que me llevo algo tuyo y lo pierdo en otra parte del edificio. Si hay una oficina de objetos perdidos para esta oficina de objetos perdidos, te llamarán.

—¿Pero por qué íbamos a hacer eso?

—¿Por qué no? Tampoco es como si tuviéramos mucho que hacer. Es la primera vez que me llamas en meses.

—¿No sería más lógico que me lo trajeran a mí directamente?

—También hubiera sido más lógico que hubieran hecho lo mismo conmigo, pero por algún motivo resulta preferible montar otra oficina de objetos perdidos un nivel por debajo.

Guardó silencio un momento. Me hubiera encantado que se quitara las gafas y las dejara colgando del cordón sobre su pecho antes de hablar, pero no lo hizo.

—Está bien. Pierde esta tarjeta del seguro — dijo, sacándola de su bolso — . Está caducada y tengo ya la nueva, así que no pasa nada si nunca vuelve a aparecer.

—La dejaré a la vista, pero lejos de aquí.

—¡No me des pistas, que si no, no se perderá!

Hasta cierto punto, aquello tenía sentido.

Al día siguiente, me llamó.

—Pues sí, tenías razón. Me han escrito de la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.

—¿Está una planta por debajo de tu oficina?

—No, está en la tuya. Ahora subo.

Aquello me molestó. Me parecía un error de organización: si no se seguía cierto orden, se corría el riesgo de que se perdieran las propias oficinas de objetos perdidos.

Subió a buscarme y recorrimos tres pasillos enmoquetados antes de dar con aquella oficina, donde nos recibió un cuarentón alto, con barba y acento alemán.

—Ya de paso — dijo, cuando le entregó la tarjeta — , revisa si estos objetos son tuyos.

Mi compañera miró con escepticismo una caja en la que no esperaba encontrar nada, ya que no perdía nada nunca, pero sonrió mucho al reconocer un collar y una rebeca.

—Como no tenían nombres — explicó el alemán — , no estaba seguro de quién era su dueño. Por eso no te avisé.

—De hecho, ese paraguas no es mío. Pero muchas gracias.

Aproveché para contarle al alemán quién era yo y qué estábamos haciendo los dos en la oficina.

—Entonces — me interrumpió — , ¿es posible que haya una Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos?

—Sí. Bueno, creo. No estaba contando y no sé si lo has dicho bien.

—Hagámoslo así — propuso — : si la oficina de objetos perdidos es el nivel 0, tú eres-1, ella es -2 y yo soy -3. Probemos si hay un -4. Llévate algo y piérdelo.

—Pon tu nombre en este libro.

—¡No lo he terminado!

—Lo recuperarás.

Dos días más tarde estábamos en el tercer semisótano, dentro de un despacho con un fluorescente que se apagaba y con varios archivadores de metal. El libro se lo devolvió a -3 un chico de apenas veintipocos años, a quien había colocado allí su padre, que trabajaba en una de las plantas nobles.

—Pero solo estaré aquí hasta que me salga algo de lo mío.

— ¿Qué es lo tuyo? — Preguntó -2.

—Estudié administración de empresas, así que imagino que consejero delegado o director general. Algo me saldrá, digo yo. Sacaba buenas notas.

Le explicamos lo que estábamos haciendo y le preguntamos si nos ayudaría a buscar a un posible -5.

—¿Un qué?

—Una oficina de objetos perdidos de tu oficina, que es la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.

Tras unos instantes de silencio, contestó con un “vale” y me tendió su cartera.

—Mejor algo que puedas perder.

Me dio su DNI. Iba a decirle algo, pero -2 lo cogió y le dio las gracias.

Nos avisó al día siguiente. Esta vez tuvimos que ir a la cuarta planta, donde nos recibió un treintañero. Tenía un aire a mí, pero vestía traje y tenía luz natural en su oficina.

—Ya me imaginaba que habría niveles superiores — dijo.

—Inferiores — subrayé — . Yo soy -1 y tú eres -5.

—No tengo inconveniente en probar. Me gustaría ver por dónde puede progresar mi carrera.

—Regresar — dije, dándome cuenta demasiado tarde de que todo el mundo me miraba como yo miraba a -5.

—Bien, busquemos a ese nivel 6.

No intenté ni corregirle: el alemán ya sonreía y se dirigía a la puerta con un pañuelo con el nombre de -5 bordado.

Durante las siguientes semanas seguimos bajando de nivel — aunque los demás ya pasaron a decir que íbamos subiendo. En -6 encontramos a una mujer resfriada, en -7 a un señor muy bajito y muy calvo, en -8 había dos hermanos gemelos, en -9 trabajaba un mexicano que apenas llevaba dos días en el puesto y que se asustó bastante ver a ocho personas entrando en tropel en su oficina, sobre todo teniendo en cuenta que estaban acabando de instalar un armario y aún se olía el olor a pintura. En -10 trabajaba una prima de -3.

—¡No sabía que estabas aquí! — gritaron los dos, al unísono.

Pero mi favorito fue -11, otro chico joven que trabajaba en un cuartucho sin ventanas de la novena planta.

—Oh, claro que hay -12. Me están llamando de allí continuamente. Os llevo. Seguro que han encontrado algo mío últimamente.

Nos presentó a -12, una señora que tenía té preparado, aunque no para doce personas. A pesar de que le dijimos que no hacía falta, se puso a preparar té para todos mientras le contamos lo que estábamos haciendo y mientras -11 sonreía aliviado y sacaba un zapato de la caja que había sobre la mesa. Hasta entonces no nos habíamos dado cuenta de que llevaba el pie derecho descalzo.

-12 se ofreció a ayudarnos y gracias a ella conocimos a -13, una treintañera que confesó que era la primera vez que hacía algo de trabajo en dos años. Nos ayudó, pero no siguió adelante.

—No quiero perder este trabajo. Ocho horas para hacer lo que quiera… Me he sacado una carrera a distancia y estoy escribiendo una novela. A veces hasta hago horas extra. ¡Me las pagan!

Su renuncia sirvió de excusa a unos cuantos que tampoco querían seguir yendo de excursión por los pasillos del edificio cada dos o tres días, por lo que el grupo se hacía más pequeño a medida que avanzábamos sin que se viera ningún final cerca. Eso sí, algunos me pedían que les mantuviera informados por correo electrónico.

Por ejemplo, -17 solo siguió conmigo hasta que reunió valor para invitar a -15 a tomar café, invitación que fue aceptada y que me hizo perder a dos compañeros. -3 me dio las gracias por haberle ayudado a encontrar a su prima y los dos dejaron de venir para organizar comidas y cenas familiares. Los gemelos comenzaron turnándose, pero al final me abandonaron los dos. -11 se perdió mientras buscábamos la oficina de -23 y jamás volví a verle. Total, que al cabo de unos meses estaba solo, aunque de vez en cuando convencía a -2 de que me acompañara.

El hecho de ir solo y de tener muchas ganas de ir rápido, pero pocas de explicarme, me causó algunos problemas. -28 no quería ayudarme, por ejemplo. No parecía fiarse mucho de mí.

—¡Claro que hay un -29! Alguien tiene que haber allí si yo pierdo algo, es pura lógica.

—Si no te importara perder algo… Así podría, podríamos, seguir…

—¿Pero para qué quieres “seguir”? — Subrayó el verbo seguir haciendo el gesto de las comillas con las manos — . Ese no es tu trabajo.

—Para ver hasta dónde llega.

—¿Pero qué más da dónde llegue?

—Tiene que haber un último nivel. ¿No te lo has preguntado nunca?

—No, claro que no. Ya sé que algunos tenéis mucho tiempo libre y os dedicáis a ir perdiendo cosas que no son vuestras, pero eso no es asunto tuyo. Tu trabajo es dirigir la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos, no organizar las oficinas de objetos perdidos.

—Un momento: ¿hay alguien que se encarga de eso?

—No sé, digo yo…

—Tiene sentido. A lo mejor debería buscarle y hablar con él. Pero, por si acaso, deberíamos perder algo tuyo.

—¡No! ¡Ni hablar! ¡Fuera de aquí!

Ya tenía en el bolsillo de la chaqueta su grapadora, a la que había puesto su nombre en un papel pegado con celo. Pasé dos días enteros escondido al final de su pasillo, mientras llamaba a recursos humanos y les preguntaba por el organizador de las oficinas de objetos perdidos.

—¿Qué quieres decir?

—Tendré algún jefe, ¿no?

—Claro, todo el mundo tiene un jefe.

—Pues cuál es mi jefe directo.

—No sabría decirte… Dependes de Recursos Generales.

—Dame un teléfono, necesito hablar con ellos.

—¿Para qué? ¿Tienes algún problema? Si te falta algo o necesitas algo, es muy probable que yo pueda ayudarte.

—No… A ver, quiero… Evaluar mis oportunidades… De ascenso…

—Si se trata de eso, tienes que hablar conmigo. ¿Estás pensando en cambiar de departamento? Hay opciones, aunque aún llevas poco tiempo aquí.

—Y si quisiera quedarme dentro del mismo departamento, ¿con quién tendría que hablar?

—Conmigo, supongo.

—¿Entonces tú sabes cuántas oficinas de objetos perdidos hay?

—¿Qué?

—¿Cuántas oficinas de objetos…? No sabes de qué te estoy hablando, ¿verdad? Hay una oficina de objetos perdidos.

—Sí.

—Luego está mi oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.

—Vale.

—Y también hay una oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.

—Qué curioso. No lo sabía.

—Pues la hay. Y quiero saber cuántas son en total y dónde se acaba esto.

—¿Te encuentras bien?

—Claro que me encuentro bien. Solo te he hecho una pregunta.

—De acuerdo, deja que lo mire.

Colgué sin despedirme: -28 salió de su oficina y se metió en el ascensor. Vi en el indicador que bajaba en la planta 19. Subí y me puse a buscar por los pasillos: todas las oficinas de objetos perdidos tenían un cartel bien grande, a pesar de que su letra era cada vez más pequeña.

Mientras buscaba, me crucé con -28.

—Fuiste tú, ¿eh? — Me dijo, mostrándome la grapadora.

—Lo siento.

—Es la quinta puerta a la izquierda.

Cuando se lo expliqué, -29 se mostró entusiasmado con la idea.

—¡Nunca lo había pensado!

—Pero si tu oficina tiene un nombre muy largo.

—Ya, pero en realidad pasó más tiempo trabajando para el departamento de comunicación. Como tengo una cuenta de Twitter bastante activa, les ayudo con las redes. Ni me acordaba de este otro trabajo hasta que me dejaron la grapadora en el buzón.

—Claro, te la dejaron.

—Evidentemente, no va a venir sola.

—Tengo una idea.

Bajé a la oficina de -28 a disculparme, pero solo lo hice para poder llevarme su agenda. -29 y yo pasamos dos días montando guardia frente al buzón, a ver quién la dejaba allí.

—¿No podríamos hacer turnos?

Aquella era buena idea, pero ni se me había pasado por la cabeza y a -29 solo se le ocurrió cuando ya terminaba la segunda noche de guardia. Al menos me di cuenta de que me había metido en aquella tarea sin ningún tipo de planificación y ni siquiera tenía muy claro por qué seguía con ella. ¿Solo porque la había comenzado?

Un par de horas más tarde vimos a una chica dejando la agenda en el buzón. Corrimos hacia ella, dándole un buen susto.

—Perdona, lo siento. Esa agenda… ¿Cómo sabías que tenías que dejarla aquí?

—¿Qué? ¿Es tuya?

—No, no. Lo siento. No hay ningún problema. Pero ¿cómo sabías que iba aquí?

—Bueno, en la puerta pone oficina de objetos perdidos.

—No, pone Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de… Bueno, ya lo ves. Lo pone treinta veces.

—No sé, ni idea. Nos llevan los objetos perdidos a recepción. Allí introducimos en el ordenador el nombre del dueño, si lo sabemos, o la zona dónde lo hemos encontrado, y el ordenador nos dice dónde llevarlo.

—¿Y no sería más fácil llevárselo al dueño? — Preguntó -29.

—Sí… No sé… Es un objeto perdido. Supongo que hay un procedimiento.

-29 siguió conmigo unas semanas, pero me abandonó cuando llegamos a -37.

—Tío, yo no sé muy bien qué estamos haciendo. Me caes bien y eso, pero… No sé… Manténme informado, ¿vale? Estoy preocupado.

—Sí, seguiré enviando los informes de cada viernes.

—No, tío, hablo de ti. Se te ve agobiado con este tema. No sé, solo es trabajo, no merece la pena sufrir por eso. Bueno, es que ni siquiera es trabajo, ahora que pienso. Son números. Y hay infinitos. Esto no se va a terminar nunca.

—Pero no puede haber infinitas oficinas. No cabrían aquí.

—Te recuerdo que la 35…

—La menos 35.

—Sí, vale, la -35 estaba en el edificio anexo.

—Ya…

—A lo mejor el universo está lleno de oficinas de objetos perdidos.

—No me jodas, -29.

—Tengo un nombre, Jaime. No solo somos números.

—Que no me jodas, te digo.

Nadie más se me unió durante las siguientes semanas, lo cual era comprensible, dado que cada vez quería ir más rápido y me mostraba mucho más irritable y menos dado a dar explicaciones sobre algo que a mí me parecía evidente. A -41 tuve que amenazarle e incluso llegué a volcar su ordenador. A -43 tuve que lavarle el coche. Y a -46 le di cien euros.

Solo pasaba por mi mesa para recordar qué nivel me tocaba. Seguía escribiendo correos electrónicos, aunque -2 era la única que aún no me había dicho que, por favor, dejara de enviárselos.

—Necesito que pierdas una cosa — creo que le dije a -54 nada más entrar en su oficina — . Tengo que saber… Tienes que perder… No me estoy explicando. Mira, vamos a perder esta bufanda.

Para mi sorpresa, se levantó sonriendo y vino a darme un abrazo. Aunque se interrumpió a medio camino.

—¿Cuánto hace que no te duchas?

—No sé. Llevo dos noches siguiendo a bedeles. Tenía una teoría que al final no tenía ningún sentido… ¿Puedo perder esta bufanda o no?

—¿De dónde vienes?

—De la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.

—Qué contento estoy.

—¿Por qué?

—Por haberte encontrado.

—¿Por qué? ¿Quién eres?

—Soy Dios.

Abrí la boca sin acertar a decir nada.

—Madre mía, realmente estás obsesionado con esto. ¿Cómo voy a ser Dios? Era una broma. Obvio. Pero sí que llevo años haciendo lo mismo que tú. Yo también estoy buscando la última oficina de objetos perdidos.

Me invitó a sentarme mientras yo trataba de asimilar lo que me estaba explicando. ¿Otro como yo?

—Tengo buenas noticias para ti — me dijo — : he llegado a la 701.

—¿701?

—Sí. Llevo más de 15 años haciendo esto y además tenía una socia, aunque ya está jubilada. Lo pasamos muy bien. Si yo te contara… Una vez nos pilló el gerente. Divertidísimo.

—701. ¿Son 701?

—No, qué va. Hay más, seguro. Estoy esperando que encuentren un jersey y lo lleven a la 702.

—¿No se acaba nunca?

—Aún no lo sé. Mi teoría es que se trata de un error del sistema. Hace muchos años, alguien de la oficina de objetos perdidos debió perder algo y por eso se decidió abrir la oficina en la que ahora tú trabajas. No sé por qué no se llevó a la primera oficina. Quizás para evitar el efecto 2000. Claro que quizás no se trate de un error: puede que se prefiera contar con un sistema claro y definido a ser eficientes. Lo contrario sería el caos.

—Entonces, ¿cada vez que alguien que trabaja en una oficina de objetos perdidos pierde un objeto se crea una nueva oficina de objetos perdidos?

—Eso parece.

—¿Y yo he tenido la suerte de estar en la primera?

—¿Vienes de la Oficina de objetos perdidos?

—No, de la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos. Es la primera, ¿no? La mejor.

—¿Por qué dices eso? Es la segunda menos interesante, después de la Oficina de objetos perdidos. Apenas tiene gracia.

Gruñí un poco, pero no tenía ganas de discutir.

—El sistema es muy flexible — siguió — . Funciona como una espuma en la que las oficinas de objetos perdidos son como burbujas. Ahora mismo, por ejemplo, no hay una oficina 96…

—Menos 96.

—¿Menos 96? No, no. 96. Llevo años llamándolas con números positivos. Es mucho más adecuado. Y más claro.

—Estamos bajando de nivel todo el rato.

—No, qué va. Estamos subiendo. Pero es igual, deja que acabe: no hay 96 porque no hay constancia de que en la 95 se haya perdido algo en alguna ocasión. Pero sí que hay una 97.

—Pero eso no tiene ningún sentido, porque significaría que la 96 ha perdido algo alguna vez a pesar de no existir. Aunque quizás por eso todo era tan nuevo en la -9. No existía hasta que la -8 perdió o volvió a perder algo.

—Y por eso llevo unas semanas atascado: estoy intentando decidir si interfiero en el sistema o no. Recuerda que yo voy por la 701. Eso significa que estuve en la 96. Hace años, pero estuve. La tengo en mi base de datos. Al frente estaba… Deja que mire… Verónica Pérez. Fui el 4 de octubre de 2004. Si sigue trabajando en el edificio, a lo mejor nos puede explicar cómo y por qué la trasladaron. Luego podemos pedirle a 95 que pierda algo, si lo vemos adecuado, o dejar esta anomalía mientras dure si creemos que puede resultar útil.

—¿Lo tienes todo guardado?

—Claro, estoy buscando patrones entre los responsables de las oficinas. Aún no he encontrado ninguno. Nada, ni la edad, ni el sexo, ni el nivel de estudios se apartan de lo esperable. He cruzado muchísimos datos: la altura, el peso, cuántos zurdos hay. Claro que muchos son antiguos. A ti no te tenía localizado en 1. Todavía tenía la información de tu antecesor.

—¿Y has hablado con alguien de la empresa? El de Recursos Humanos me tiene que llamar.

—Sí, también pregunté hace años. Incluso me reuní con no recuerdo qué subdirector. Pero no sabía ni de qué le estaba hablando.

—¿Pero cómo no van a saber nada?

—Y cada vez menos. El sistema se gestiona desde hace siete años con un algoritmo que compraron a unos suecos. Es el sistema que le dice a los bedeles a qué oficina tienen que entregar cada objeto, por ejemplo. Se trata de un sistema cerrado, que da instrucciones, pero que no revela el dato más importante.

—Cuántas oficinas hay.

—Exacto.

—En todo caso, da igual, ¿no? Por lo que dices, si llegáramos a la última y perdiéramos algo, se abriría una nueva oficina.

—A lo mejor. O puede que el sistema colapse en algún punto. Quizás haya un límite. No podemos tener infinitos empleados. O sí, no lo sé, quizás la burocracia se expande sin ningún límite. A lo mejor al final está Dios. O un agujero negro. Habrá que averiguarlo, ¿no?

Me pasé la mano por la barba de cuatro días. Miré mi camisa arrugada y con manchas. Sí, necesitaba una ducha.

-54 tenía mejor aspecto. Pero también se le notaba al hablar un brillo en los ojos que delataba su obsesión. Llevaba años con aquello. Tenía una base de datos. Cruzaba cifras. De hecho, seguía hablando mientras yo pensaba. Me contaba que el encargado de la oficina 304 (-304) era un chimpancé amaestrado y que la 120 (-120) era una oficina situada en la esquina de una de las plantas superiores, con vistas al mar.

Pensé que aún estaba a tiempo de librarme de aquel destino absurdo, de volver a mi oficina a devolver las estilográficas y los paraguas que me llegaban. Era un trabajo fácil, simple. Y tenía sentido. No como aquella búsqueda tal vez infinita.

Pero, claro, tampoco me podía volver con esa tarea a medias. Siempre me quedaría con la duda.

Y quizás solo hubiera mil oficinas. Por ejemplo.

Mil era un buen número, un número sensato.

Tenía sentido que solo fueran mil.

Lleguemos a la mil y luego veremos.

—¿Por dónde comenzamos? — le dije.


Normas de etiqueta en el ascensor

A veces pasa: estás en el ascensor y otro vecino entra en el portal. En estos casos se considera de buena educación esperar con la puerta abierta. El problema es que esto puede ser contraproducente porque genera una ansiedad innecesaria: por un lado, el vecino se ve obligado a avanzar el paso, casi trotando, por mucho que musitemos que no hay prisa, que no hace falta correr; por otro lado y aunque ninguno de los dos lo confiese, tanto el vecino que espera como el que acaba de llegar preferirían subir solos. A pesar de las convenciones sociales, ninguno de los dos quiere pasar unas decenas de segundos recluido en un armario con alguien que en realidad es un desconocido, por lo que, en realidad, el recién llegado agradecería que el vecino que sostiene la puerta la cerrara y no mirara atrás durante esos escasos, pero incómodos instantes que el ascensor tarda en arrancar. Ese recién llegado tendrá que esperar a que el vecino llegue a su piso antes de poder llamar él al ascensor, pero a cambio podrá viajar solo y, por tanto, más relajado, siempre y cuando no aparezca un tercer vecino en el portal mientras aguarda.

Teniendo en cuenta todo esto, hace unos meses opté por no esperar cuando estaba subiendo al ascensor y aparecía un vecino en el portal. Aunque me hubiese visto. Sabía que los dos estaríamos más cómodos así y que nadie se quejaría, ya que, bajo la apariencia superficial de mala educación en realidad estaba siendo amable.

Pero poco después me asaltó una duda: aunque esto parecía una buena solución para la mayoría, siempre cabía la posibilidad de que alguien, quizás con prisa, prefiriera que yo esperara. Para algunos vecinos podría ser mejor ganar unos segundos a ahorrarse la incomodidad de ir con alguien en el ascensor. Imaginemos un caso extremo, una emergencia: alguien que había respondido a una llamada telefónica en la que se le pedía con urgencia y miedo que fuera a casa lo antes posible. Unos segundos esperando al ascensor no cambiarían gran cosa, pero al menos ayudarían a reducir el nerviosismo durante los últimos instantes del viaje, con independencia de si lo hacían a solas o en compañía.

Ante esa disyuntiva y con el objetivo de que tanto unos (los que preferían ir solos) como otros (los que tenían prisa) se sintieran a gusto, opté por no subir al ascensor cuando aparecía un vecino e irme por las escaleras, en ocasiones para volver a esperar y llamar al ascensor dos o tres pisos más arriba, una vez que el otro vecino hubiera llegado a su destino.

El único problema era que resultaba raro que abandonara el ascensor, cuya puerta en ocasiones ya tenía abierta, a veces con uno de los pies en la cabina, y decidiera de repente subir por las escaleras. Sobre todo porque algunos de mis vecinos me conocía, aunque solo fuera de vista, y sabía que yo vivía en un sexto.

No podía explicar que les estaba haciendo un favor. Aunque resulte paradójico, se considera de mejor educación simular que no nos importa subir con alguien y que nos resulta indiferente estar recluido en un espacio de uno o dos metros cuadrados, dependiendo de la cabina, sin saber adónde mirar ni qué decir, que ceder ese espacio para que lo disfrute la otra persona. Porque esto último, subir solo o dejar que el vecino suba a solas y hacer explícito que se prefiere así, tiene una connotación de rechazo cuya sospecha no se disiparía ni siquiera en caso de decir “no es que no quiera subir contigo, no tengo nada contra ti, es que no quiero subir con nadie”.

Y es que, aunque todos o casi todos pensemos lo mismo, existe la convención de que no deberíamos pensar así. “Prefiero estar solo en el ascensor, no quiero pasarme treinta segundos mirando las llaves” es una frase que no debemos pronunciar en voz alta, ya que la misantropía, incluso en estos episodios anecdóticos, es un sentimiento que la mayoría considera negativo, y no sin una gran parte de razón. Como mucho, podemos admitir que nos sentimos incómodos viajando con otra persona en un ascensor en un contexto de total confianza o hablando en abstracto: quizás en un bar, con amigos y sin ningún trayecto en ascensor previsto para las próximas horas, o por escrito, poniendo distancia entre el emisor y el receptor, de modo que nadie pueda sentirse ofendido.

Es decir, a pesar de que ningún vecino me dijo nada al respecto, probablemente por educación, era inevitable imaginar o, mejor dicho, suponer que pensaban o incluso comentaban que aquel comportamiento era extraño. “¿Por qué ese vecino no quería ir conmigo en el ascensor hasta el punto de preferir salir de él y subir seis pisos a pie?”, preguntaría alguno. A lo que otro respondería “creo que no tiene ningún problema contigo, que le pasa con todos, porque a mí también me lo ha hecho”. “Peor me lo pones”, añadiría el primero.

Cabía la posibilidad, admito que extrema, de que alguien se hubiera sentido ofendido o dolido por mi actitud. No creo que tanto como para llegar a enfadarse o llorar, pero sí quizás para darle vueltas a mi gesto durante unas cuantas horas, con un sentimiento de despecho quiero pensar que cada vez más apagado. ¿Cómo decirle (y, sobre todo, a quién) que no era una cuestión suya, sino mía?

Pensé en enviar un correo electrónico a la lista de la comunidad para explicar que soy claustrofóbico, pero aquello no serviría: ¿solo era claustrofóbico cuando me tocaba subir con otra persona en el ascensor? Medité la posibilidad de inventarme alguna otra fobia o quizás algún tipo extraño de alergia. No puedo entrar en contacto con células de piel muerta ajena en suspensión. La colonia me irrita la pituitaria. El médico me ha prohibido respirar el aire que han expulsado otras personas. Necesito hacer ejercicio y en ocasiones solo me acuerdo cuando ya estoy dentro del ascensor.

También sopesé la opción de casarme y tener hijos. En el ascensor de mi finca solo cabían unas cuatro personas, así que si iba con mi esposa y dos niños, o incluso con un bebé y el carro, solo compartiría ese espacio con gente a la que en principio no me importaría tener cerca. Aunque quién sabe si con los años mi mujer y yo nos distanciaríamos, por no hablar de lo difícil que en ocasiones resultan las relaciones con los hijos adolescentes. Por desgracia, el escollo de este plan era evidente: tardaría mucho tiempo en encontrar pareja y más aún en tener descendencia. Y este asunto me generaba ansiedad cada día, no se trataba de un problema que pudiera posponer.

En realidad solo tenía una opción: mudarme. Si me marchaba, no tendría que dar ninguna explicación a nadie y podría solucionar todos mis problemas futuros en lo que se refería a los ascensores. Porque, claro, la idea era irme a una finca sin ascensor.

Había pensado también en la posibilidad de ampliar la búsqueda a un piso bajo: un primero, un segundo como mucho. Pero no era tan buena idea como parecía: ¿y si venía cargado con la compra o simplemente cansado y caía en la tentación de coger el ascensor? Bien podía ocurrir que justo en alguno de esos momentos de flaqueza apareciera un vecino en el portal. No solo eso: ¿y si era yo el vecino que aparecía en el portal cuando otro sostenía la puerta y me invitaba a subir? Este problema era en apariencia menor, bastaba con decir “no, gracias” y señalar las escaleras, pero se trataba de una escena que quería evitar, sobre todo en caso de que apareciera cargado con la ya mencionada compra. El vecino podría insistir o tomar nota de mi extraño comportamiento: “¿Viene con tres bolsas y prefiere las escaleras? ¿Qué le pasa? ¿Por qué me odia? ¿O es que no soporta a nadie? Vaya un vecino…”.

Tampoco podía irme a una casa: las casas son grandes y caras. Viviendo solo, pagar el alquiler sería complicado y tenerla limpia y ordenada, un engorro. Por no mencionar que con toda probabilidad eso supondría tener que vivir fuera de la ciudad, con lo que tardaría mucho más tiempo en llegar y volver del trabajo, además de que haría más complicadas las cenas con mis amigos los fines de semana.

Tenía que ser, por tanto, una finca sin ascensor. Tardé casi cuatro meses en encontrar una que me gustara y se ajustara a mi presupuesto. La segunda parte fue fácil: los edificios sin ascensor suelen tener un precio más asequible. La primera, no tanto: también suelen ser pisos viejos y oscuros, en barrios con callejuelas estrechas en las que huele a orina y uno teme toparse de un momento a otro con una cucaracha que huye de alguna cocina en la que alguien ha encendido la luz.

Esas semanas de búsqueda y espera fueron algo llevaderas, gracias a la esperanza que tenía de mudarme en breve. También desarrollé nuevas técnicas para evitar esos momentos tan problemáticos. Opté por ralentizar el paso cuando veía a un vecino llegando al portal poco antes que yo, dando otra vuelta a la manzana, por ejemplo, para no coincidir con él o ella en el portal. Algunos viernes y lunes llevaba una maleta (vacía) para poder subir y llenar el ascensor yo solo o para decir “ya lo cojo luego” si era yo el que llegaba segundo. Era engorroso y tuve que dar explicaciones un tanto absurdas en la oficina, pero me fue útil en un par de ocasiones. Otras veces cogí las escaleras casi sin saludar. “¿No subes?”, me preguntó un vecino en una única ocasión. “No, el médico, la dieta, el gimnasio…”, musité sin ni siquiera detenerme y sin terminar la frase. Que pensaran lo que quisieran, yo ya me iba.

Cuando terminé con la mudanza, me tomé un día libre y dormí casi veinte horas. No tanto por el esfuerzo del traslado como por la tensión que había acumulado durante los últimos meses.

Además de todo eso, la mudanza había supuesto un gasto extra que no tenía contemplado. No solo por el coste del traslado, sino porque también había tenido que comprar algunos muebles nuevos: un sofá, otra cama, un par de librerías, alguna lámpara. Confiaba en recuperar ese dinero poco a poco, gracias al menor importe del alquiler mensual. Se trataba de una cantidad muy pequeña, de apenas dos cifras, pero que al cabo del año sumaba un número medianamente atractivo.

Toda esa tensión se fue disipando en pocas semanas. Llegaba del trabajo y subía por las escaleras sin preocuparme por nada más. Saludaba a los vecinos. Les sonreía. Incluso charlaba con ellos. Aprendí el nombre de al menos tres.

Al cabo de un tiempo, se celebró una reunión de propietarios. Al estar de alquiler, preferí saltármela. Que los demás decidieran de qué color tenían que ser las persianas o si había llegado el momento de contratar a otra persona para que se encargara de la limpieza de la escalera. Como ni siquiera podía votar, no quería aburrir a mis vecinos con opiniones que solo servirían para que todo el mundo perdiera el tiempo.

La tarde siguiente vi un folio pegado con celo en el interior del portal. Se me hizo un nudo en la garganta. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Se me cayeron las llaves.

— ¿Qué ocurre? — Era Nuria, que también vivía en el tercero. Dentista. Le gustaban las escaleras, decía en broma, porque así hacía algo de deporte. “No tengo tiempo para más”, añadía, antes de forzar una carcajada. Señalé el folio — . Ah, eso. Pero tú estás de alquiler, ¿no? Entonces tranquilo, que la derrama no te afecta, la tendrá que pagar el propietario. Ya era hora de que tuviéramos ascensor. Hay espacio para instalarlo y hay mucha gente mayor en esta finca. Lo malo serán las obras, eso sí.

Recogí las llaves y comencé a subir las escaleras sin esperar a mi vecina, que seguía hablando, creo, aunque probablemente se interrumpió a media frase al ver que me iba sin responder. Sí, un gesto feo por mi parte, más incluso que coger el ascensor sin esperar, pero, mira, en fin, yo qué sé, nadie se muere por eso y necesitaba estar solo.


Todo lo que pensé mientras recorría el Paseo del filósofo de Kioto

DSC00920

En Kioto tuve ocasión de recorrer el llamado Paseo del filósofo, que recibe este nombre porque Kitarō Nishida caminaba cada día por él para inspirarse y meditar. ¿Y quién era Kitarō Nishida? Ni idea. ¿Me he inventado ese nombre? ¿O acaso él se inventó mi nombre? Quizás debería buscarlo en la Wikipedia. Aunque, por otro lado, ¿por qué no me busca él a mí en la Wikipedia? ¿Pero qué se ha creído?

A lo que iba: siguiendo el ejemplo de Nishida (o de Rubio, ya no me acuerdo), aproveché este paseo de apenas media hora para pensar. Y para cazar pikachus de esos. Pero sobre todo para pensar. No seré yo quien diga que pensar se me da mucho a mejor que a Nishida, pero estas ideas que anoté durante el camino dejan bastante claro que así es. Es más, seguro que renombran el Paseo del filósofo y lo acaban llamando el Paseo del filósofo, pero el otro, el del pelazo. Aquí van:

– Hay que vivir cada día como si fuera el último: como si fuera domingo. Así que ponte series y plancha.

– Si volviera a nacer, haría exactamente lo mismo, pero hablando con la i.

– Jamás haría caso a una de estas listas con los 100 libros que debes leer antes de morir. ¡Si los lees todos, te mueres!

– Se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo, siempre y cuando el mentiroso esté sentado y le pilles por sorpresa.

– Hay cinco tipos de personas que son malos amigos: 1) Los que no te prestan dinero. 2) Los que continuamente te recuerdan que te han prestado dinero e insisten en que se lo devuelvas. 3) Los que recurren a sus abogados para que les devuelvas su dinero. 4) Los que acaban embargando tus bienes y luego los subastan para recuperar su dinero. 5) La gente.

– ¿Por qué hay gente que insiste en que el siete es su número favorito cuando “siete” en realidad es una palabra?

– Si el ocho se puede dibujar como dos treses (uno enfrentado al otro), ¿no sería más lógico que ocho valiera seis?

– Si el número marcado no existe, ¿acaso he marcado el quintorce?

– Cuidado con las personas tóxicas: si te comes su pierna, te salen pústulas por todo el cuerpo.

– Los de Viven comían carne cada día. ¿Por qué se quejaban tanto? Yo no me lo puedo permitir.

– Nada dura para siempre, a excepción de las películas de Marvel. Todavía están rodando la pelea final de Civil War. Cada vez llegan más superhéroes: Spider-Man, Ant-Man, Mortadelo, el viejo de los collares de oro de Empeños a lo bestia…

– ¿Hay vida después de la muerte? Probablemente, porque si no, no daría tiempo a que terminaran todas esas películas de Marvel.

– ¿De dónde vienen los niños? Ah, vale, es una excursión de un colegio.

– El trabajo te debe llenar, dicen. Pero luego resulta que comer croquetas no es un trabajo.

– Lo mejor del trabajo es cuando falsificas tu partida de nacimiento para poder jubilarte 30 años antes.

– Si toda la gente de marketing desapareciera, ¿cuántos años tardaríamos en darnos cuenta? No menos de quince.

– Si la ropa interior fuera interior de verdad, iría por debajo de la piel.

– No hay que malgastar el dinero en cosas que solo nos harán sentir bien durante un tiempo muy breve, como los medicamentos, que apenas sirven mientras uno está enfermo.

– Cosas que nos diferencian de los animales: la sonrisa. También llevar relojes de pulsera (a excepción de algunos monos). Y hacerse el interesante en los bares. Ver programas de subastas de trasteros mientras piensas “pero qué mierda es esta”. Bailar sexy (a excepción de algunos monos). Limpiarse las gafas con la camiseta. Coser botones. Ver reposiciones de programas de subastas de trasteros. Votar a Rajoy (a excepción de algunos monos). Quitarse los piojos con un peine en lugar de con los dedos.

– Jamás cambiaré mis principios. A ver si ahora me voy a tener que llamar Naime Gubio Lancock.

– Idea para un cuento: un hombre despierta convertido en un reloj de cuco. Solo puede comunicarse con su familia durante unos instantes en las horas en punto, cuando el mecanismo le hace salir de la casita de madera. Siempre aprovecha para insultar a su primo porque le destrozó el coche en un accidente hace siete años. Su primo murió. Pero de otra cosa, así que no pasa nada. El accidente solo le dejó en silla de ruedas.

– Un buen amigo me dijo el otro día: “La vida es breve. Hay que aprovecharla y no perder el tiempo con disputas estériles”. Yo le contesté: “¿Sabes qué es breve? Tu polla. Amargado. Que eres un amargado”.

– “La vida es breve”, me dijo el muy asqueroso. Solo le faltó recordarme que encima nos pasamos el día en la oficina. Hay que ser cabrón. Joder, que quedamos para tomar unas cervezas y echar unas risas, pedazo de imbécil. No le he vuelto a llamar, al triste de los cojones. A ver si su vida es breve de verdad, se muere y nos deja en paz a todos. Hostia ya. Joder. Dos semanas con pesadillas, por su culpa.

– Por cierto, “la vida es breve, no somos más que un parpadeo en una noche eterna, por lo que nada de este mundo importa tanto como nos parece” no sirve como excusa para no pagar al casero.

– Si lloras por no haber visto el Sol, eres un poco imbécil. Espera a mañana, ansias, que eres un ansias. Que es el Sol, joder, no un dinosaurio.

– A no ser que la vida sea breve de verdad y estés viviendo este día como si fuera el último porque el médico te ha dicho que morirás en 24 horas. En tal caso, busca vídeos del Sol en Youtube, que digo yo que los habrá.


Cuando éramos dioses

10X10 FOOT WIND TUNNEL CONTROL ROOM Pictured: DENNIS VEVERKA / HALBERT HOYETT / CHUCK RICHTER / JIM ROEDER

10X10 FOOT WIND TUNNEL CONTROL ROOM
Pictured: DENNIS VEVERKA / HALBERT HOYETT / CHUCK RICHTER / JIM ROEDER

Mi jefa me llevó a una sala de reuniones. Ya me imaginaba para qué sería: había pasado toda la noche dando vueltas en la cama, ensayando mentalmente esta escena.

—Verás, Jaime —comenzó—, quería hablarte de esto.

Me enseñó su móvil. En la pantalla, tal y como esperaba, vi un tuit mío de junio de 2011: “Hoy es lunes, qué asco”.

—Lo sé —contesté—, y sé que no tengo excusa. Pero pasaba por un momento muy malo. Trabajaba en otra empresa, nos explotaban por cuatro duros y, en fin, perdí los nervios.

Silencio.

—Además, era lunes.

—Ya, pero es que ahora trabajas aquí y muchos comentarios te están relacionando con nosotros. Es una publicidad pésima, como puedes entender.

—Me disculpé anoche. Varias veces. No quería ofender a nadie. Y lo escribí hace cinco años. Sin pensar. Era otra época. En Twitter éramos cuatro y decíamos muchas barbaridades. No nos leía nadie.

—Hay cosas con las que no se bromea.

—Lo sé. Ahora lo sé. He cambiado. He aprendido.

—Lo siento, pero tenemos que despedirte.

No dije nada más. Parecía bastante claro que la decisión se había tomado antes de que entrara en la sala.

Durante la noche previa de insomnio había llegado a pensar no solo que el despido era lo más probable, sino que además sería una buena noticia. Prefería no trabajar para una empresa a la que le parecía buena idea despedirme por una frase escrita hacía cinco años en un momento de inconsciencia. Una frase, por otro lado, que todos habíamos pensado alguna vez e incluso pronunciado en voz alta, no siempre borrachos.

Pero sabía que eso era mentira, que no había nada positivo en aquella situación. Porque ¿quién querría contratar al tipo que odia los lunes?

Fui a mi mesa a recoger mis cosas. Mis compañeros se levantaron para despedirse, incómodos. Todos menos Esteban. Me acerqué a él de todas formas.

—No te voy a engañar —me dijo—. Creo que la empresa hace bien despidiéndote.

No le contesté. Me había pillado por sorpresa. Y estaba un poco cansado de defenderme.

—Me repugnas —añadió, aprovechando mi silencio.

Ya en el metro, saqué el móvil del bolsillo. Desde el día anterior por la tarde, cuando se había armado todo el follón, me había intentado obligar a no entrar de nuevo en Twitter, pero no podía evitarlo. Lo hacía buscando algún mensaje de apoyo —que lo había, por lo general con un tonillo despectivo y condescendiente—, pero al final solo leía los insultos, cuyo ritmo no había caído a pesar de mis disculpas y de que ya hacía más de doce horas que había borrado el tuit.

“Hay que ser cabrón para quejarse de los lunes, con la que está cayendo”.

“A los seis millones de parados ya les gustaría que su lunes fuera diferente al fin de semana”.

“La economía está estancada por culpa de vagos como tú”.

“Hay niños africanos que solo pueden disfrutar de un lunes al mes”.

No solo los leía, sino que buscaba algunos que ya había visto y que me habían parecido especialmente hirientes. No era por masoquismo, lo pasaba fatal, pero parecía que necesitara leer las respuestas a estos comentarios, mirar cuánta gente los había retuiteado, cuánta gente había hecho fav. De vez en cuando se me ocurría alguna respuesta más o menos ingeniosa que no me atrevía a escribir: sabía que aquello solo empeoraría mi situación.

“Me da asco la gente que se burla de los parados”.

“Hoy es lunes. A ver qué piensan en su empresa, @GaimanAndCo, de su tuit”.

“No tiene NI PUTA GRACIA, CABRONAZO”.

“Si tu padre llevara dos años en paro, no dirías eso”.

“Como te vea, te rajo el cuello, ya sea lunes o viernes, pijo de mierda”.

Aparte de los insultos, había algún chiste, claro, como los clásicos “a lo mejor los lunes solo necesitan un abrazo” y “tened en cuenta que un lunes mató a sus padres a la salida del cine”.

Algunos se habían dedicado a hurgar aún más en mi archivo, encontrando otros tuits ofensivos. “Hoy hace un día de perros” les pareció insultante a los amigos de los animales, otro me acusó de apropiación cultural por publicar una foto de un plato de sushi y un tercero encontró una foto de uno de mis pies (solo se veía uno) medio enterrado en la arena de la playa. “También se ríe de los cojos, este indeseable”, escribió.

¿Debía disculparme también por estos tuits? Ya había pedido perdón varias veces por el del lunes y no había servido para nada. ¿Qué más querían de mí? ¿Que viajara en el tiempo y evitara que mis padres se conocieran —tal vez mediante el asesinato— para evitar mi nacimiento y, por tanto, todas esas publicaciones?

Cuando llegué a casa, cerré mi cuenta, puse un canal de televisión al azar e intenté dormir. Lo logré. No tenía mucho mérito, teniendo en cuenta la noche que había pasado.

Me despertó el teléfono. Era una amiga.

—¿Pero qué coño has hecho?

—¿Te has enterado?

—¡Sales en el periódico!

—Joder. Mierda. Joder.

—¿Cómo escribes eso?

—No sé, yo… Ni siquiera lo recuerdo.

Era mentira. Recordaba perfectamente cuándo y por qué había publicado ese tuit: un lunes por la mañana, antes de salir de casa y mientras tomaba el primer café del día. Pensé “lunes, qué asco” y lo escribí sin pararme a pensar en las consecuencias.

—Mira —le dije mientras encendía el portátil para buscar la noticia—, era otra época. Hace cuatro o cinco años no había casi nadie en Twitter y se decían toda clase de burradas. Incluso se hacían chistes sobre las olas de calor.

—Ah, muy bonito. Hay gente muerta por culpa de las olas de calor. Mira, porque te conozco desde hace años y sé que no eres así, que si no…

—Todo ha cambiado mucho desde entonces. Fue la época dorada de Twitter. Decíamos todo lo que se nos ocurría. ¡Nos creíamos dioses!

—¿Y qué piensas hacer?

—No lo sé… Imagino que se cansarán pronto. Que encontrarán otro escándalo en el que fijarse. Estas cosas no suelen durar más de uno o dos días.

—Sí, ya… ¿En tu trabajo lo saben?

—Me han despedido. Madre mía, han titulado “El tuit ofensivo contra los parados que incendia las redes”.

—Han puesto una foto tuya de Facebook.

—Al menos salgo sobrio. Espera, tengo que colgar.

Oía ruido en la calle. Salí al balcón. Abajo, frente al portal, había dos decenas de personas. Llevaban varios carteles en los que se me llamaba “enemigo de los parados”, entre otras lindezas. También coreaban insultos que se oían perfectamente desde mi cuarto piso. “Miradlo, es ese”, gritó uno de ellos. Volví a entrar en casa, cerré las ventanas, bajé las persianas y subí el volumen de la televisión.

Aun así, más tarde oí que cantaban Imagine. Levanté un poco una de las persianas y vi que había algo más de gente (no mucha más, los tuiteros no están acostumbrados a salir a la calle) y que también habían encendido velas.

Pasé otra noche en blanco. Alguien aporreó la puerta un par de veces, pero no me atreví ni a levantarme de la cama. Recibí un par de llamadas, digamos, poco amables y apagué el móvil. Aunque antes volví a echar un vistazo en Twitter. Seguían llegando insultos.

“Ese fascista ha tenido que cerrar la cuenta. ¡Estamos mejor sin él!”.

“Nos vamos a quedar frente a su casa hasta que se le pasen las ganas de insultar a los parados”.

“Este lunes seguro que le ha dado bastante asco. Aunque no tanto como él a nosotros”.

La mañana siguiente tenía varias decenas de mensajes en el móvil, tanto de texto como de voz. Mi primera idea fue borrarlos todos, pero al final opté por escucharlos uno a uno.

El decimocuarto me llamó la atención. “Hola, Jaime. Creemos que podemos ayudarte. Llámame o escríbeme a este número”.

Dos horas más tarde, una pareja llamaba a mi puerta.

—¿Cómo sé que no estáis con los de abajo? —Pregunté, sin abrir.

—Yo estaba en Twitter antes —dijo él—. Igual te suena mi apodo. Era Capaldi89.

Ese nombre me sonaba.

—¿Tú no dijiste una vez que tenías mucha sed?

—Sí.

Aquello había sido otro escándalo. De hecho, a pesar de la situación en la que me encontraba y de que habían pasado quizás un par de años, me indigné al recordarlo. ¿Cómo podía alguien que vivía en el primer mundo decir que tenía sed, cuando había grifos en todas las casas y bares en todas las esquinas? ¿Cómo podía alguien ser tan ciego a la realidad de millones de personas que sí pasaban sed de verdad?

—¿Y tú?

—Yo una vez dije que no me gustaba la idea de que un chico al que no conocía de nada me invitara a café.

—Eso no lo recuerdo… ¿Cuál fue el problema con la frase?

—Ni idea, pero recibí cientos de mensajes en los que me llamaban “zorra” y “puta”. También me acusaron de querer acabar con la especie humana.

—¿Nos abres?

—Sí, sí. Perdón.

Les dejé a pasar. Hice café.

—Perdonad, no tengo galletas…

—No pasa nada.

—¿Hay mucha gente en la calle? No me atrevo a mirar.

—Unos veinte o así —me dijo él—. Tus vecinos están enfadadísimos. Cuando uno ha visto que íbamos a tu casa, nos ha echado una bronca bastante importante. He creído entender que uno de los de abajo casi le roba el perro porque lo había confundido con un pokemon.

—¿Y vosotros…? ¿Quiénes sois? ¿A qué habéis venido?

—Formamos parte de una asociación que ayuda a gente que pasa por problemas similares al tuyo.

—No sé si eres consciente, pero tu vida ha cambiado por completo.

—¿No se cansarán de mí? He visto en el telediario que Rajoy ha dicho que en realidad no lee el Marca, que solo mira las fotos. Seguro que eso les entretendrá.

—¿Y no has visto que el ministro del Interior ha dicho que la fiscalía investigará tu caso?

—Sí, pero eso ya serían cosas de juicios… No es importante. Dejarán de hablar de mí en Twitter, ¿no?

—Imagino que sí. En un par de días ya no quedará nadie en la puerta de tu casa e incluso, si quisieras, podrías volver a abrir tu cuenta y seguir tuiteando con normalidad. O casi.

—El problema es que internet nunca olvida nada.

—Por ejemplo, cada vez que alguien discuta contigo, te responderá con un pantallazo de tu tuit.

—Y eso no es lo peor. Te han despedido, ¿verdad?

—Sí.

—Cuando envíes el currículum a otra empresa y te busquen por Google, sabes qué encontrarán, ¿verdad? Al tipo que odia los lunes.

—Pero Twitter no es tan importante, ¿no? Solo son cuatro egos inflados a los que nadie tiene en cuenta en la vida real.

—Por lo general, sí, pero de ti se ha hablado también en la prensa e incluso en sitios que de verdad importan, como Facebook.

—Todo esto lo sabemos por experiencia propia. Te recuerdo que yo ni siquiera firmaba con mi nombre real.

—¿Y qué puedo hacer ahora? ¿Cómo puedo…? ¿Qué debería…?

—Tranquilo, te hemos traído todo lo que necesitas para comenzar una nueva vida.

Ella abrió el bolso, sacó un sobre y lo dejó encima de la mesa. Lo cogí, algo asustado. Por un momento pensé en la posibilidad de que se tratara de ántrax. A lo mejor me habían engañado y estaban compinchados con los tipos de abajo. Quizás todo era una trampa para acabar conmigo.

—¿Esto es un bigote postizo?

—Con él podrás salir de casa y buscar un trabajo de perfil bajo, donde no se pidan muchas referencias ni se use internet: estibador en el puerto, director de periódico, profesor universitario…

—¿Y no podría haberme dejado crecer el bigote?

—Huy, vaya, perdona… Ahora el sabelotodo no nos necesita.

—¿Preferías pasar una semana en casa, sin poder ni siquiera bajar al súper?

—Puedo comprar online.

—¿Así nos das las gracias?

—No, perdón, claro que os lo agradezco, pero…

—¡No me extraña que la gente te odie! ¡Eres un insensible!

—Déjalo, no merece la pena…

—¡Tienes cero empatía!

—Vámonos… Mira, le has hecho llorar.

—Yo… Lo siento…

—Eso es todo lo que sabes decir. ¡Piensa antes de hablar, joder!

—Vámonos, no le hagas caso…

Se fueron muy enfadados. Al cerrar la puerta, oí sollozos.

Lo cierto es que usé el bigote ese mismo día. Les envíe un selfi (y más disculpas) para que vieran que seguía su consejo y que lo agradecía. Pero no fui al supermercado. Contaba con algunos ahorros y con el finiquito, por lo que, teniendo en cuenta el panorama, pensé que igual todo aquello era una oportunidad para empezar de cero en un sitio en el que nadie me conociera. Así que aproveché el mostacho para salir a la calle, coger un taxi y largarme al aeropuerto con una mochila.

Decidí que cogería el primer vuelo disponible que me llevara fuera de España. Por culpa de esa idiotez acabé volando a Ulan Bator. Después de tres conexiones, dos autobuses y de quedar cuarto en el Dakar, llegué a la ciudad. Busqué un hotel y pedí una habitación. Todo parecía ir bien hasta que el conserje me pidió el pasaporte. Leyó mi nombre, alzó la ceja izquierda y me lo devolvió.

—Lo siento —me dijo, en un perfecto inglés — , pero no nos quedan habitaciones.

—¿No? Pero si hace un momento…

—Pruebe en la pensión que hay al final de la calle. Creo que allí no tienen wifi.

—Pero…

—Pase un buen lunes.

—Pero si hoy no es… Mierda. Vale. Ya lo pillo.

En la pensión sí tenían wifi, a pesar de los prejuicios de mi conserje. De hecho, no encontré alojamiento hasta varios días después, cuando me acogió una familia que vivía cerca de la frontera con China, a cambio de ayudarles con el cuidado de las cabras.

Llevo ya unas cuantas semanas con ellos. Me tratan muy bien y preparan un khorkhlog delicioso, pero no sé cuánto durará esto. Tömörbaatar, el hijo mayor, cumple 13 años el mes que viene, y ya le ha dicho a sus padres qué regalo le gustaría: un móvil con conexión a internet.

Imagen: NASA / Flickr Commons


Debate a cuatro

Jack_Johnson_e_John_Jackson_(futurama)

Rajoy: Hay que subir los impuestos. O bajarlos. No me acuerdo. ¿Alguien se acuerda?

Rivera: Creo que era bajarlos. Pero no estoy seguro.

Sánchez: No sé, yo tengo el cerebro frito, ya.

Rajoy: ¿Bajarlos? Será subirlos, ¿no? Subir es bueno.

Sánchez: Ni idea.

Rajoy: Ya no puedo más. Llevamos, ¿qué? ¿Seis meses de campaña?

Iglesias: Ni siquiera recuerdo por qué estábamos enfadados.

Rivera: Creo que era por algo de Perú.

Rajoy: Venezuela.

Rivera: ¿Venezuela? ¿Seguro? No me suena de nada.

Sánchez: A mí se me han pasado las ganas de ser presidente. Joder, yo lo que siempre he querido es trabajar en publicidad. Soy muy bueno inventando eslóganes. Decidme una empresa, va, la que queráis.

Iglesias: Tendría que haberle hecho caso a mi padre y estudiar una ingeniería. Ahora estaría forrado.

Sánchez: En serio, cualquier empresa.

Rajoy: Iberdrola.

Sánchez: Iberdrola: la energía que mola. ¿Cómo se te queda el cuerpo? Anda que no. Mañana me meto en Infojobs y actualizo el currículum.

Rivera: ¿Y si debatimos un poco y así nos podemos ir a casa?

Iglesias: Venga, dale. ¿De qué queréis hablar?

Rajoy: A mí no me apetece mucho.

Iglesias: ¿Es mejor 30 Rock o Parks and Recreation? A mí me gusta más 30 Rock.

Rivera: No las he visto.

Iglesias. Huy, pues deberías. Pero, vamos, si no las hemos visto todos, no podemos debatir. Y tampoco quiero soltar spoilers.

Sánchez: Decidme otra empresa, va. El Corte Inglés, por ejemplo. El Corte Inglés: es inglés, pero en España.

Rajoy: Este es más flojo, ¿eh?

Sánchez: Lo importante es no parar de pensar. De cada cien ideas, hay que descartar noventa y nueve. Pero no hay que parar. La máquina siempre ha de estar engrasada.

Iglesias: La verdad es que yo también estoy cansado.

Rajoy: Es que además nos hacen debatir de pie.

Rivera: ¿Nos sentamos? Ahí hay un sofá.

Iglesias: No sé si deberíamos.

Rivera: Necesito un café.

Iglesias: Yo necesito dormir veinte horas.

Rajoy: Yo ayer dormí veinte horas y me he levantado peor. Lo que necesito son vacaciones. Creo que voy a pasar de esto de ser presidente.

Sánchez: A mí no me mires: yo quiero trabajar en publicidad.

Iglesias: Pues a mí aún me apetece eso de gobernar cosas.

Rajoy: No te lo recomiendo. La gente se pasa todo el día quejándose. No tienes ni un momento para ti. ¿Sabes cuánto hace que no voy a un spa? Tres semanas, por lo menos.

Iglesias: Ya, si es un agobio. Pero me hace ilusión. Debe estar bien dar la tarjeta de visita y que todo el mundo se quede flipado en plan, joder, es el presidente de España.

Rajoy: La mitad de las veces se creen que es una broma. En serio, te toman por un actor.

Rivera: Qué dolor de cabeza.

Iglesias: Ya. Todo el día hablando.

Sánchez: Yo tengo tendinitis de estrechar manos.

Rajoy: Odio estrechar manos.

Iglesias: El otro día vi a uno metiéndose el dedo en la nariz durante un mitin.

Rivera: ¡No!

Iglesias: Y, digo, ya verás, me va a tocar darle la mano.

Rivera: ¡No, por favor! ¡No me lo cuentes!

Iglesias: Total, que bajo a darle la mano a la gente y me digo, lo evitaré, hay mucha gente, se puede hacer. Pero como el tipo estaba bastante atrás me confié, dejé de mirar y cuando me di cuenta…

Rivera: ¡No! ¡Qué asco!

Iglesias: Sí, le estaba dando la mano a ese hijo de puta.

Rajoy: ¿Llevas gel desinfectante? Yo siempre llevo. Es lo mejor.

Rivera: ¿Debatimos un poco más? En África hay países donde no se puede debatir.

Iglesias: ¿Qué os parecen las últimas temporadas de Los Simpson? ¿Estamos de acuerdo todos en que no son tan malas como se dice?

Rivera: Tampoco veo Los Simpson.

Iglesias: Joder, ¿pero tú qué ves?

Rivera: No sé, yo pongo Neox y me quedo dormido en el sofá.

Rajoy: Llevo todo el día pensando que hoy era viernes.

Rivera: ¿Qué día es hoy?

Iglesias: Pues ahora que lo dices, no lo sé.

Sánchez: Es viernes, ¿no?

Rajoy: ¿Llevo todo el día pensando que era viernes y es viernes? Eso no tiene sentido.

Iglesias: ¿Por qué nos peleamos por gobernar? ¿Acaso no es más lo que nos une que lo que nos separa? No, en serio, ¿lo es? Yo ya no me acuerdo.

Rivera: Cómo me aburre la política. Todo el día blablablá.

Sánchez: El otro día pensaba que todos los políticos somos iguales, pero luego me di cuenta de que me había quedado parado delante de un espejo.

Rivera: ¿Dónde está el moderador?

Iglesias: Creo que no hay nadie. ¿Se han ido todos?

Rajoy: Madre mía, qué sueño tengo.

Sánchez: En Twitter está todo el mundo hablando de fútbol.

Iglesias: A ver si el debate era mañana.

Rajoy: Entonces, ¿hoy es viernes o no?


Nuestro pequeño Drip

invasion_of_saucer_men

Cuando Diana y yo nos enteramos de que un meteorito se había estrellado contra el planeta Drumpf, destruyendo la mitad de sus ciudades y sumiéndolo en una noche de cenizas que duraría al menos tres siglos terrestres, nos dimos cuenta que esa era nuestra oportunidad para hacer algo por los demás, como siempre habíamos querido.

Tras un trámite corto debido a la situación de emergencia, adoptamos a Drip, un pobre niño drumpfiano que había perdido a toda su familia. Tenerlo en casa no fue fácil: Drip era una babosa translúcida de 200 kilos de peso. La parte buena era que al no tener huesos podía pasar por las puertas con facilidad. Pero no fue fácil adaptarse a su dieta: necesitábamos tener varias docenas de cabras vivas en casa, ya que era lo único que podía comer. Se las tragaba enteras y escupía los huesos, que retirábamos con cuidado porque quemaban por culpa del ácido.

También le costó hacerse al colegio. Al principio, sus compañeros le gritaban “babosa, babosa”. Pero la profesora les dio una charla acerca de lo importante que es aceptar a los que son diferentes, porque eso nos enriquece como personas. Luego Drip se la comió. Así se ganó el favor del resto de niños y niñas del colegio.

Eso sí, su madre y yo le regañamos. Drip, le dijimos, no está bien que te comas a los profesores solo para caer bien. Recuerda que la carne humana te provoca úlceras. Decidimos no castigarle porque ya lo estaba pasando bastante mal. Cuando le dolía la barriga soltaba unos gemidos que se oían en todo el barrio y que hacían que los gatos se tiraran por los balcones.

Era un niño muy tierno. Cuando le decíamos que le queríamos mucho, se avergonzaba, agachaba las antenas y nos decía que un día nos mataría a todos.

También estaba muy rico cuando le preguntábamos qué quería ser de mayor.

-Traeré el infierno a este planeta. Los humanos sois débiles y no podréis oponer resistencia a mi especie.

-¡Míralo! ¡Hablando como una persona mayor! ¡Qué gracioso!

-Dejaréis de reír cuando forméis parte de nuestro ejército de esclavos.

Durante su adolescencia, la especie de Drip necesita beber mucha agua salada, por lo que prácticamente secó el mar Mediterráneo. Y por eso ahora es un pantano salado muy bonito, con caimanes, serpientes de siete metros y varios millones de ranas. Mucho mejor que esas playas llenas de turistas. Sigo sin entender por qué se quejó tanto la gente. Alguno incluso dijo que había que meter a Drip en la cárcel. Qué locura.

Nuestro hijo aprobó la selectividad sin problema: solo necesitó amenazar a los correctores con su sudor, que es venenoso. Se matriculó en Medicina. Nos dijo que quería aprender cómo funcionaba el cuerpo humano y conocer así la forma más eficaz de exterminar a nuestra raza. Nos pareció muy bonito que quisiera saber más acerca de la especie que le había acogido.

-Eres como tu padre -le dijo Diana, con una lagrimilla resbalándole mejilla abajo-. Tan abnegado, tan entregado a los demás.

Lo decía porque había pasado un par de días pensando en hacer un donativo a Acnur, aunque al final me olvidé.

-Cada minuto que paso con vosotros, alejado de mi especie, me siento como si tuviera miles de puñales clavados en mis cuatro corazones -respondió Drip.

Mientras aún estudiaba, Drip nos presentó a su primera novia: Nuria. A nosotros nunca nos cayó muy bien porque bebía cerveza y todo el mundo sabe que alcohol es corrosivo para los drumpfianos. Una simple gota en su piel le podría provocar una molesta llaga.

Pero ya se sabe lo que pasa con los jóvenes: nunca hacen caso a sus padres. A pesar de que le dijimos que aquella chica no le convenía, Drip no solo siguió con ella, sino que la dejó embarazada.

A sus padres les molestó mucho porque los drumpfianos ponen miles de huevos que en una semana revientan el cuerpo de la madre. Durante el funeral se comportaron con una mala educación increíble. Habían educado a una chica que bebía cerveza a pesar de salir con un drumpfiano y encima venían dando lecciones. Estuvimos a punto de irnos. Pero nos supo mal por Drip y por nuestros nietos, que también eran suyos.

Drip avisó a sus hermanos, que estaban repartidos por toda la galaxia y que también habían tenido descendencia en otros planetas, y así comenzó la invasión de la Tierra.

Oficialmente, escogieron nuestro planeta por las cabras, el clima y la facilidad con la que podían someternos, pero Diana y yo sabíamos que Drip quería estar cerca de nosotros.

No nos gustó que metiera a nuestros nietos en una guerra, pero al final hay que dejar que los hijos tomen sus propias decisiones. Eso sí, nos encantaba cuidar a los retenes que dejaba de reserva y a los que alimentábamos con cabras, como cuando Drip era un niño. Aquello nos trajo muchos recuerdos.

Drip no solo es listo, sino que también es muy trabajador. Por eso no nos extrañó nada que los drumpfianos aplastaran toda resistencia en cuestión de semanas. Cuando su emperador vino a la Tierra, él fue el primero en inclinarse ante él y darle la bienvenida.

-Ese es mi hijo -dije en la sala común de las mazmorras cuando nos proyectaron las imágenes. Alguien me arrojó un taburete.

Ahora los humanos somos esclavos de los drumpfianos y Drip es vicesecretario en el Ministerio de Economía de la Colonia de la Tierra. Estamos muy orgullosos de él, claro, pero nos parece poco. Fue él quien planeó la invasión y quien ha dado un nuevo hogar a sus compatriotas. Debería ser ministro o incluso presidente.

A Diana no le gusta mucho que lo vaya diciendo por ahí porque a nuestros compañeros en la cantera no les gusta.

-Piensa que aquí hay muchas piedras y las piedras son más duras que un taburete.

Le hago caso por no discutir, pero no me gusta nada tener que callarme por culpa de la envidia ajena. Los hijos de los demás están con nosotros, en la cantera, o metiendo cabras en latas de conservas. Pero el nuestro, no. Drip está en el gobierno.

Y además sigue siendo nuestro pequeño Drip. Hace dos meses visitó la obra y pasó a menos de doscientos metros de donde estábamos.

-¡Drip! -Grité-. ¡Estamos aquí! Diana, mira, ese es Drip. ¡Drip!

Nuestro hijo miró hacia donde estábamos, pero en seguida apartó las antenas y continuó hablando con los drumpfianos que dirigían la obra.

-Déjale -dijo Diana-, ¿no ves que está trabajando? Ya vendrá luego a saludar, por poco tiempo que tenga.

No vino. Me supo fatal por su madre. Cuando nos acostamos en nuestro tablón de madera, la noté muy triste.

-No te preocupes -le dije-. Seguro que viene cuando terminemos el matadero de cabras. Durante la inauguración no tendrá tanto trabajo.

Intenté sonar convincente, pero ni yo mismo me lo acababa de creer. Ese día estaría ocupado saludando a las autoridades y seguro que después se metería en otro proyecto. Es normal que alguien tan importante como nuestro Drip esté ocupado, y es ley de vida que los hijos sigan su propio camino. Si él está bien, nosotros estamos bien. Y, en todo caso, ya sabe que nos tiene para lo que necesite. Pase lo que pase, en nuestro barracón nunca le faltará una cabra viva.


Encontrada mascota

5b1d071c622d3bb26b6c26a80d80534e

Encontrada mascota cerca de la plaza de Sants. Mide diez kilómetros de altura y tiene cientos de tentáculos en la boca. Su cuerpo está recubierto de escamas que parecen de un color verde oscuro, pero cuando uno se fija un poco, ve que tienen todos los tonos del universo. Sus alas son rudimentarias, pero al desplegarlas, crean una sombra tan negra que provoca semanas de pesadillas. Desde que lo encontré, me despierto cada noche bañado en sudor frío y gritando “tekeli-li, tekeli-li”. Mis vecinos no están nada contentos.

Mientras le sacaba una foto para el cartel, mi esposa cometió el error de mirarle a los ojos y entró en estado de shock. Cuando voy a verla al sanatorio de Arkham y le preguntó qué vio en esa mirada, solo me dice que se trata de “un horror indescriptible”. A continuación, se pasa tres cuartos de hora describiéndolo.

-En el abismo de sus ojos vi la lucha de los antiguos y oí ese grito ancestral, tekeli-li, tekeli-li…

-¿Seguro que no eran tiroleses? Yo no recuerdo mis sueños, pero a lo mejor salen tiroleses.

-Vi construcciones de varios cientos de metros de alto, en materiales no conocidos por los humanos y con formas que nunca había visto antes.

-Los tiroleses también dan mucho miedo.

-Sus ojos son como grutas abiertas a la oscuridad del universo, donde habitan millones de seres que esperan el retorno de los antiguos…

Responde al nombre de Cthulhu, pronunciado de varias maneras: tulu, catulu, chulu, culu… Aunque solo si uno se arrodilla y dice antes algo como “oh, señor de los grandes antiguos, déjame ser uno de tus siervos y formar parte de tu semilla estelar”.

Le pregunté quiénes eran sus dueños y me contestó con un rugido que me dio a entender que los grandes antiguos no tienen dueños y que cuando llegue la hora de su retorno no quedará ni rastro de nuestras vidas. Nadie nos recordará. Nadie sabrá que estuvimos en este universo. Todos nuestros esfuerzos son insignificantes. No somos más que una mota de polvo en la historia del universo.

Está bien cuidado y se alimenta de la ansiedad del barrio, pero agradecería que sus propietarios pasaran a recogerlo en cuanto les sea posible. Por las noches oigo gemidos y crujidos. Por lo general, son las tuberías, que son muy antiguas, pero a veces se trata del lamento de los shoggoth, que están esperando que su señor despierte.

(Fuente de la imagen)